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Nos
asiste certeza que reflexionar sobre el tema del aborto
es un asunto difícil, pero prioritario, más
aún cuando vivimos en sociedades y estados profundamente
moralistas frente a un asunto que como éste, implica
miradas integrales, contextuales, éticas y sobretodo,
fundadas en el humanismo.
En
el mundo y en especial en América latina, se viene
haciendo eco de la vigencia de regÍmenes políticos
fundados en la democracia, tenemos constituciones donde
se reconoce la existencia de estados sociales y democráticos
de derecho, ha renacido la esperanza de acabar con las dictaduras,
de construir sociedades incluyentes y participativas, más
aún, hay conciencia en los ciudadanos de que existen
derechos.
Independientemente
de la distancia entre el discurso formal y la praxis histórica
de nuestros pueblos, es un hecho que la realidad económica,
política y social que soporta América Latina
y en general los países pobres en el mundo, está
basada en la agudización de la injusticia, la discriminación,
las violencias y sobretodo, se sustenta en relaciones de
poder que excluyen, fragmentan y eliminan desde diversas
formas a una enorme parte de la sociedad.
Este
panorama y las diferentes coyunturas que constituyen la
cotidianidad en nuestros países, nos tiene que llevar
a ser concientes que el tema de los derechos humanos y en
especial los de las mujeres, están inmersos en todos
y cada uno de los conflictos que viven nuestras sociedades,
por lo tanto, hay que colocar este tema en la agenda pública
y política, en un nivel importante de discusión
y decisiones que visibilicen problemáticas, que como
la del aborto inseguro e ilegal viene causando miles y millones
de muertes y enfermedades a nuestras mujeres.
Es
el momento de entender que el fundamento de la construcción
de un
Estado Social y Democrático de Derecho, es el de
garantizar a toda la ciudadanía condiciones de vida
digna, independientemente de creencias religiosas y morales
particulares o visiones políticas, de hacer realidad
un proyecto de Estado Laico, tolerante e incluyente de las
diferencias, un Estado que gobierne para un país,
una nación, una comunidad política, no para
un grupo particular, ni para una moral parcial; por el contrario,
que genere las condiciones para que todas las morales puedan
convivir.
La
médula del Estado Laico es una ética pública,
que tolere la diversidad religiosa, sexual, política,
étnica, generacional, etc.; ya que el papel del Estado
y de los gobernantes que lo representan, es el de someterse
a las normas de derecho, no a las normas divinas, ni a complacencias
afectivas o emocionales, o a valoraciones morales parciales.
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Es
importante aclarar cual es el carácter del Estado,
con énfasis en el Estado laico, para asumir responsablemente
y desde una ética pública la problemática
del aborto, pues este tema es materia de reflexión
de la órbita política, el cual resiste análisis
de tipo ético, desde posiciones morales parciales,
de ahí que no existan consensos, ni acuerdos y mucho
menos visiones absolutas, por lo tanto como Católica
por el Derecho a Decidir, quiero poner este asunto en el
ámbito de lo político, desde una perspectiva
de la salud pública, los derechos humanos fundamentales
(Vida, salud, libertad, autonomía y dignidad) y la
justicia social.
Es
inconcebible seguir mirando el tema de la despenalización
del aborto desde visiones medievales y desde argumentos
de fe, que lo único que hacen es mantener relaciones
injustas y vulnerar la dignidad de las mujeres que por múltiples
razones se ven enfrentadas a un embarazo no deseado; lo
cual en muchos de los casos, lastimosamente desemboca en
la muerte de millones de mujeres que como último
recurso recurren a abortos en condiciones inseguras.
Es
imprescindible que los derechos, en especial los reproductivos,
sean asumidos desde la laicidad del Estado, que
se despenalice el aborto respondiendo a la realidad que
viven las mujeres, especialmente las más pobres;
es necesario que la sociedad se sensibilice frente a una
problemática que demanda soluciones humanistas, ya
que se ha demostrado que con la penalización y criminalización
del aborto, no se resuelve el problema; en cambio con la
despenalización y legalización, acompañada
de procesos de educación en salud sexual y reproductiva,
con amplios niveles de información y difusión
sobre planificación familiar, en condiciones dignas
y de calidad en la atención y acceso a los servicios
de salud, es posible evitar que tantas mujeres estén
muriendo en el mundo a causa de abortos inseguros.
Defender
la salud y la vida de las mujeres, es una opción
humana, ética y moral, es un compromiso como católicas,
pues la maternidad es un acto fundamentalmente amoroso,
por ello, nuestra apuesta es que los hijos e hijas que traigamos
al mundo sean producto del deseo, del amor, del cariño
que merecen todos los seres humanos que habitamos la faz
de la tierra; porque soñar y construir sociedades
justas, incluyentes y democráticas tiene que pasar
por otorgarle un lugar y unas condiciones dignas a los seres
que la habitamos.
Esta
postura que hoy les comparto desde una moral parcial, porque
soy Católica, diverge de muchos de los planteamientos
que orienta la jerarquía de la iglesia católica
con respecto a los derechos sexuales y reproductivos, especialmente
de las mujeres, porque no aceptamos, ni comprendemos, y
mucho menos legitimamos que por razones religiosas o morales,
bajo el argumento del pecado y de la culpa se siga condenando
a millones de mujeres a morir o a sacrificar su propia vida;
no compartimos, ni aceptamos las imposiciones de una jerarquía
eclesial que pretende intervenir en las decisiones del Estado
desde dogmas de fe, más aún en sociedades
compuestas por diversas creencias religiosas, no puede primar
una visión particular; no compartimos, ni aceptamos
que la jerarquía de la Iglesia católica, siga
decidiendo sobre nuestros cuerpos, nuestras libertades y
nuestras vidas.
Desde
esta postura como mujeres católicas, valoramos y
defendemos profundamente nuestra opción ética,
moral y política, buscamos que se establezca un “pacto
laico”, donde se determinen unas reglas de tolerancia
de las diferentes opciones religiosas y donde el Estado
garantice los derechos de una comunidad política
general, libre de intereses particulares que se pretenden
como generales, un Estado laico que respete y garantice
la ejecución de políticas públicas
en pro de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres,
donde se comprenda que la salud y la vida de éstas
son cuestiones de democracia, ligadas íntimamente
a la libertad, la autonomía, la dignidad y al derecho
que tenemos a decidir sobre nuestro cuerpo. Estos derechos
deben ser garantizados por el Estado, estas decisiones deben
ser respetadas por la sociedad y nuevamente un motivo para
celebrar la vida, la democracia y la libertad.
Por
supuesto, no defiendo el aborto como un derecho, menos como
un método de planificación. Lo deseable es
que no haya abortos, que ninguna mujer tenga que pasar por
esta situación, y para ello hay que prevenir, pero
mientras exista una realidad injusta, excluyente y provocadora
del aborto, éste no puede ser una ofensa más
para las mujeres; por ello, hay que despenalizarlo y presentarlo
como lo que es, un asunto de salud pública que requiere
el diseño de políticas públicas para
su atención.
No
somos ni siquiera un proyecto de tentativa contra la vida,
por el contrario, la defendemos y la damos a cuerpo lleno,
con ternura, pasión y deseo desbordado.
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Lea
nuestros artículos de opinión sobre violencia
contra la mujer, sexualidad, aborto y otros temas relacionados
con la situación de la mujer en el Perú y el
mundo en los siguientes diarios: La Industria de Chiclayo;
El Correo de Huancayo, La República, Diario Noticias
y el semanario El Búho de Arequipa.
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