Durante
las últimas tres décadas la teoría
feminista ha cuestionado los paradigmas en que se fundaban
las identidades de género: la heterosexualidad obligatoria,
la identificación de lo masculino con entendimiento
razón y de lo femenino con sentimientos y maternidad.
Ello ha contribuido a comprender mejor la fluidez de las
llamadas categorías de género y a desmantelar
los presupuestos del contrato social falocéntrico.
Asimismo, ha puesto en evidencia que muchas de las nociones
sobre lo femenino que se representan como naturales o universales
corresponden a arreglos sociales y culturales que pueden
ser transformados para lograr una mayor equidad
En esta presentación
haré una breve revisión del debate teórico
sobre la relación entre maternidad e identidad femenina
centrándome en las principales teorías psicológicas
que tocan este tema desde una perspectiva de género
y en la crítica que se ha hecho a la identificación
de femineidad y maternidad desde la historia. Finalizaré
punteando los cambios en curso en la experiencia materna
en la sociedad peruana urbana.
Mi objetivo es mostrar la
estrecha asociación que existe entre los discursos
de sobre la maternidad y la femineidad y la política
de los géneros. Espero que ello contribuya a nuestra
reflexión sobre la manera en que la ideología
de la maternidad puede ser usada para múltiples fines
y, sobre las posibilidades que los cambios en curso en esta
dimensión de la vida de las mujeres abren para las
nuevas generaciones.
Maternidad y psicología femenina
Una de las ideas mas profundamente
arraigadas en la mitología occidental es que el núcleo
de la diferencia entre mujeres y hombres reside en el hecho
de que la primera es la encargada de la reproducción
la crianza y la mayor parte de la primera socialización
de los pequeños. A la maternidad se le ha atribuido
el origen de las características psicológicas
más estables en la mujer, de la división sexual
del trabajo, y, finalmente de la desigualdad entre los géneros
que, para muchos teóricos y teóricas es resultado
de la necesidad de controlar la capacidad reproductiva de
las mujeres y de protegerlas durante la gestación
y la crianza.
Asimismo, las elaboraciones
más sólidas sobre la psicología femenina
derivan de las llamadas vertientes maternalistas del psicoanálisis.
Así por ejemplo, Nancy Chodorow (1974) propone que
el hecho de que las mujeres son responsables del cuidado
temprano de los niños y que, por lo tanto la primera
figura de identificación sea femenina, tiene una
importancia central en la configuración psíquica
humana, estaría al origen de las diferencias psicológicas
entre mujeres y varones y explicaría ciertos rasgos
distintivos de la femineidad.
Chodorow sostiene que durante
el primer estadio de vida la relación del niño
y la niña con la madre es de total simbiosis. Por
lo tanto, la primera experiencia infantil es de total identificación
y dependencia frente a la figura materna (siempre con una
mujer). Luego que se inicia el proceso de separación,
empieza la individuación, se desarrolla el sentido
del ego independiente, se mitiga la dependencia oral y el
lazo con la madre se redefine. El ego se constituye a través
de este proceso de individuación. Sin embargo, en
el caso de las mujeres, las fronteras del yo serían
más difusas que en los varones porque la separación
de la madre no se concluye. Ello se debería a que
los roles que deberá asumir en la vida adulta son
similares a los de sus madres y, por lo tanto, existe continuidad
entre sus afectos primarios y sus roles sociales. Sin embargo,
esta teoría no explica por qué los niños
y las niñas deben ir en diferente dirección,
en qué se sustenta la división de roles entre
los géneros, ni por qué existe un desbalance
de poder entre varones y mujeres.
Una de las particularidades
a las que más se ha echado mano para definir a la
mujer ha sido el desarrollo moral. Diversos estudios encontraron
que por lo común los niños varones llegan
al estadio de desarrollo moral en el cual las decisiones
o juicios éticos se toman de acuerdo con reglas abstractas
y universales. Las niñas en cambio tenderían
a ubicarse en un estadio más concreto, en el que
las necesidades o intereses personales prevalecen sobre
los principios generales. Carol Gilligan (1979- 1985)cuestiona
estas teorías porque, según argumenta, los
textos más influyentes (por ejemplo Piaget y Freud)
sobre desarrollo moral lo han descrito a partir de un sesgo
androcéntrico, en realidad lo que hacían era
tomar el desarrollo moral masculino como el patrón
universal y luego juzgar cualquier desvió de "la
regla" como carencia o defecto. Ella se propone entonces
investigar cuales son las particularidades del desarrollo
femenino.
Como Chodorow, Gilligan
considera que la psicología femenina se caracteriza
por el sentimiento de conexión frente a los otros
y propone que las concepciones morales de las mujeres se
regirían por este principio. Por ello, el cuidado
del otro predominaría sobre la ley imparcial. Así,
hombres y mujeres verían los dilemas éticos
desde diferentes puntos de vista. Mientras el varón
lo haría guiándose por reglas universales,
la mujer se preguntaría por las personas que están
en juego y las consecuencias que su decisión pueda
tener para ellas. Puestas ante el dilema de escoger entre
el respeto ante una regla en la que creen y la necesidad
de una persona por la que se sienten responsables, las mujeres
escogerían responder de acuerdo a la regla que ellas
consideran más importante: el cuidado personal. No
se trataría de que carecen de criterios inteligibles,
sino de que sus puntos de partida serían diferentes.
Gilligan concluye que es necesario una teoría del
desarrollo más amplia, que incluya las diferencias
de la voz femenina, no sólo para explicar el desarrollo
de las mujeres sino también para comprender la moral
adulta en todas sus versiones.
La critica mas fuerte que
se ha hecho a estas dos teóricas es que, al proponer
que las mujeres tienen una psicología y un sentido
moral diferente, asumen que las diferencias entre hombres
y mujeres son universalmente validas. Al intentar dar cuenta
de la diferencia caen en el esencialismo porque presuponen
la existencia de características comunes a todo el
género femenino que se derivan de la relación
especial que la madre establece con los hijos y del rol
de socializadora de las mujeres.
¿Existe el amor materno?
Sigue, sin embargo, en pie
el interrogante ¿está la mujer biológicamente
programada para responder con un intenso apego a los hijos?
¿Tienen por ello las mujeres una sensibilidad diferente?
En un trabajo que trata de cuestionar esta suposición,
Elizabeth Badinter (1980) revisó las prácticas
de crianza en las ciudades francesas y europeas durante
los siglos XVI a XVIII periodo en el cual se extendió
la costumbre de enviar a los recién nacidos al campo
para ser criados por nodrizas. Las madres se separaban de
sus hijos a los pocos días de nacidos y volvían
a retomarlos cuando tenían cinco o más años.
Ello se debería a que las tareas maternas se contradecían
con los deberes sociales de la aristócrata, los conyugales
de la burguesa (que debía compartir las tareas del
esposo), y los laborales de la criada y la obrera, (que
no podían criar hijos y atender a su trabajo al mismo
tiempo). Sin embargo, era de conocimiento público
que más del 50% de los niños entregados a
amas de leche fallecían debido a las pobres condiciones
de vida del campo y a la negligencia de las madres de alquiler.
Badinter se pregunta ¿Por qué estas madres
aceptaban separarse de sus hijos al nacer y los entregaban
a una muerte casi segura? ¿Es posible que el instinto
maternal tenga un lapso de doscientos años? Si durante
mas de dos siglos la gran mayoría de las mujeres
urbanas de todas las clases sociales respondieron a la maternidad
de una manera que contradice frontalmente nuestra definición
de instinto, quizá deberíamos preguntarnos
¿Es el instinto maternal tan seguro, tan eficiente
tan universal y tan definitivo?
De hecho los trabajos etnográficos
muestran que la maternidad varía enormemente según
el tiempo y la cultura. Así por ejemplo, en las obras
literarias del Siglo de Oro la figura de la madre no existe
de una manera diferenciada. De hecho la mujer aparece sólo
en dos dimensiones: como la dama noble (ocasionalmente una
monja), tremendamente idealizada y distante que generalmente
era objeto de un amor platónico, y la mujer común,
destinada a satisfacer los deseos físicos del hombre
(Chaney; 1983: 77.) La sociedad colonial peruana, a su vez,
no parece haber dado mayores muestras de valorizar especialmente
la maternidad (Mannarelli; 1992). De este modo, la enorme
valoración de la figura materna que caracteriza a
las sociedades modernas en general, y las latinoamericanas
en particular sería un producto histórico.
,
Así por ejemplo,
a partir del siglo XVII las mujeres fueron abandonando la
practica de entregar a los hijos a nodrizas debido a las
fuertes presiones que los teóricos y reformadores
de la modernidad ejercieron sobre ellas. Por entonces la
naturaleza femenina se redefine y la nueva representación
de la mujer normal implica todas las características
de la buena madre dedicada a su hogar y a criar hijos en
un ambiente de amor y libertad. Sin embargo ello implicaba
una total devoción y dedicación a los hijos
y, por lo tanto que abandonara las actividades productivas,
políticas y sociales que hasta entonces formaron
parte de los deberes femeninos. La madre perfecta era también
la esposa que cumplía con ofrecer al varón
un hogar armonioso para que este pudiera dedicarse a sus
tareas públicas.
Como vemos, la sacralización
de la maternidad parece haber ocurrido bastante tardíamente
y se relaciona con el desarrollo de la familia burguesa
fundada en la complementariedad que asocia a la mujer con
la esfera doméstica y a los varones con la pública
. Es decir, está asociado con arreglos socio económicos
que, si bien ensalzaron algunos aspectos de la figura femenina,
por lo común garantizaron el control masculino de
la esfera pública y de la capacidad reproductiva
de la mujer. O, dicho de otro modo, la exaltación
del valor de la madre fue de la mano con la exclusión
de las mujeres de las fuentes más importantes de
acumulación de poder, recursos y prestigio, con el
control de su reproducción por parte de instituciones
patriarcales como la iglesia y el estado y, en sentido contrario
con políticas que la sobrecargaron con las tareas
domésticas y con la responsabilidad de la crianza
y bienestar de la prole. Por ejemplo, se supone que los
hijos deben residir con la madre porque ella es la única
que podría criarlos adecuadamente. No obstante la
otra cara de la moneda es que cuando una pareja se separa
(lo que ocurre en más del 50% de los casos) el varón
empieza una nueva vida y la mujer asume a la familia.
A lo largo de los siglos
XIX y XX, se consolida la separación de las esferas
pública y doméstica. En consonancia con estos
cambios, las nuevas doctrinas psicológicas, -como
la freudiana- ponen especial énfasis en la importancia
de la figura materna para la configuración de una
psique sana. De guardiana de la salud física y moral
de su prole, la madre pasa a ser la responsable por su equilibrio
y bienestar psicológico. De la madre dependerá
que el hijo sea un buen cristiano, un buen ciudadano, un
hombre normal etc. La maternidad, así redefinida,
se vuelve un papel gratificante, un ideal, una noble función
. Los discursos expertos caracterizan a la mujer psicológica
y moralmente sana por la dedicación y el sentido
de sacrificio. Es decir que la promoción de la mujer
a través de la maternidad transmitida a través
del discurso psicológico contribuyó decisivamente
a colocar el peso de la identidad femenina en esta función.
No obstante, esto no ocurre
de manera unívoca ya que el mismo código que
resalta la maternidad, promueve la liberación de
la sexualidad. La doctrina freudiana, por ejemplo, enfatiza
el vínculo madre hijo y propone como modelo ideal
a la familia fundada en la división de esferas que
entrega los afectos a la madre y la función de autoridad
al padre. No obstante también sostiene que la sexualidad
es natural en todos los seres humanos y su represión
es dañina para el equilibrio psicológico de
hombres y mujeres. Así, la ideología de la
liberación sexual, se contrapone a la castidad de
la mujer, antes símbolo del valor materno. Finalmente,
durante este periodo se expandió y legitimó
la propuesta ciudadana que sostiene que todos los individuos
son libres e iguales. A la larga ello erosionaría
los fundamentos jerárquicos de la familia tradicional
y legitimaría el ingreso de la mujer en la esfera
pública. Su expresión más acabada sería
el movimiento por los derechos de la mujer que cuestionó
algunas características de la maternidad moderna
tales como su reclusión en la esfera doméstica
y su sujeción al poder del patriarca.
Una dimensión cambiante
La maternidad es uno de
los aspectos de la vida de las mujeres urbanas que más
drásticamente ha cambiado durante la segunda mitad
del siglo XX. Esta transformación se relaciona con
el logro de igualdad jurídica para la población
femenina y su ingreso a la esfera pública, la creciente
urbanización , la expansión de los servicios
públicos (escuela y salud), el alargamiento de la
esperanza de vida gracias a los adelantos en la medicina
antibacteriana y el descenso de la fertilidad debido a la
expansión de métodos anticonceptivos modernos.
En la actualidad las mujeres, tienen menos hijos y viven
más tiempo. En segundo lugar, el tiempo dedicado
a la maternidad es también menor en la vida cotidiana
de las mujeres porque los hijos pasan buena parte del tiempo
en la escuela y las tareas domésticas han disminuido
con la expansión del mercado de consumo. En suma,
el proyecto de vida de la población femenina ya no
se identifica exclusivamente con el rol de reproductora
y socializadora . Estos cambios estarían rompiendo
con la ilusión de la existencia de una identidad
femenina que unía a todas las mujeres y se anclaba
en características naturales y roles sociales específicos
tales como la crianza de los hijos. En la actualidad el
trabajo, la participación política, la relación
de pareja y la búsqueda personal cobran importancia
creciente y compiten con la maternidad.
En consecuencia, los discursos
que contenían nuestra definición de maternidad
se han ampliado y diversificado de manera tal que muchos
de ellos entran en contraposición con las definiciones
que fueron corrientes hasta comienzos de siglo. La definición
de maternidad ha dejado de ser coherente, articulada alrededor
de su asociación a la pureza y la virtud, núcleo
del hogar, responsable de la formación de los hijos
y baluarte moral de la nación. Hoy, este discurso
se encuentra enfrentado a otros que lo cuestionan y a prácticas
y cambios en ciertas instituciones (escuela, salud etc)
que la llevan en otra dirección
Por ejemplo, en investigaciones
realizadas entre mujeres de los sectores medios de Lima
e Iquitos y Tarapoto (Fuller, 1993, 2004) encontré
que la maternidad constituye la vía más efectiva
para que las mujeres tengan acceso al status de adultas
y al prestigio social. Este es el ámbito en el que
ellas ejercen mayor poder y pueden negociar sus intereses
frente a sus parejas e hijos. Sin embargo, el trabajo ha
cobrado una enorme importancia en su percepción de
sí mismas y, aún aquellas que son amas de
casa con dedicación exclusiva consideran que el ideal
femenino actual es el de la “mujer de carrera.”
Esta tendencia se ha solidificado hasta el punto en que
muchas jóvenes profesionales están invirtiendo
más tiempo y energía en sus proyectos laborales
que en la búsqueda de pareja. De este modo, ha aparecido
el tipo de la joven dispuesta a desplazarse a otras ciudades
o países por temporadas relativamente largas con
el único propósito de avanzar en su carrera
aun cuando ello suponga poner en riego sus posibilidades
de establecer una familia.
No obstante, esta trayectoria
no es lineal porque cuando las mujeres ya han tenido hijos
su perspectiva y oportunidades de acción se transforman
enormemente. Así por ejemplo, en diversas investigaciones
(Valdés 1989, Valdés et al 1998, 1999, Fuller
1993, Gysling y Benavente 1996, Fuller y Viveros 2001) concluyen
que la relación entre trabajo remunerado y comportamiento
reproductivo está mediada por los significados que
la mujer atribuya a la maternidad, y por su situación
conyugal. En este aspecto es posible encontrar una gama
bastante variada que va desde aquellas que consideran que
tener una carrera es fundamental e intentan compartir algunas
tareas con el esposo aunque asumen la mayor parte del trabajo
doméstico, las que trabajan para completar el presupuesto
familiar y viven su maternidad de manera conflictiva; las
que consideran que el trabajo es una actividad secundaria
y lo asumen siempre y cuando no sea un obstáculo
para la realización de su papel de madres y, finalmente,
las que consideran casi imposible conciliar alguna actividad
extradoméstica con el cuidado de los hijos.
En el caso de las mujeres
jóvenes y adolescentes, estas transformaciones parecen
más marcadas. Estos cambios están redefiniendo
drásticamente la noción de adolescencia y
juventud femeninas. El hecho de que la iniciación
sexual y la reproducción se hayan disociado, gracias
al uso de anticonceptivos eficaces, ha quebrado la estrecha
asociación entre maternidad e adultez social. Mientras
que en décadas pasadas la menarca simbolizaba el
ingreso a la vida adulta porque la joven ya era capaz de
ser madre y estaba lista para fundar una familia, en la
actualidad la menarca simboliza el inicio de un periodo
de moratoria social durante el cual las jóvenes estudian,
inician su carrera laboral y viven nuevas experiencias entre
las que se incluyen los encuentros eróticos. De este
modo, la posibilidad de seguir estudios superiores o de
trabajar empiezan a ser considerados como rituales de pasaje
al mismo título que la iniciación sexual y
la maternidad (Arias y Aramburú 2000, Fuller 2001.)
Por lo tanto, puede decirse
que, en adelante, muchas mujeres accederían al status
de adulto social a través de la inserción
en la esfera pública. Esta es una novedad ya que
tradicionalmente la maternidad era la experiencia que marcaba
este pasaje. Ello supone una modificación muy significativa
en la cultura femenina fuertemente asociada a la maternidad
con la realización de la mujer como persona social.
De este modo, el horizonte de la maternidad se aleja y difiere.
Esta creciente disociación entre maternidad y femineidad
podría significar un cambio radical en la identidad
femenina. En la actualidad el trabajo, la participación
política, la relación de pareja y la búsqueda
personal cobran importancia creciente y compiten con la
maternidad. En consecuencia, puede decirse que, si bien
la maternidad ocupa un lugar central en la vida de las mujeres,
para un número creciente de ellas este no es el eje
que ordena y da sentido a sus vidas.
Sin embargo, este proceso
no es uniforme porque las diferencias en niveles de ingreso,
educación, participación política,
relaciones familiares y de pareja a menudo profundizan las
brechas entre los sectores sociales y las regiones. Por
ejemplo, entre las jóvenes de menores recursos, las
bajas expectativas de insertarse en el mercado laboral o
de obtener trabajos prestigiosos, pueden conducirlas a optar
por la maternidad precoz como una de las pocas vías
abiertas para obtener reconocimiento social . De este modo,
mientras que en los sectores medios y altos las mudanzas
registradas en la identidad femenina están conduciendo
a una creciente individuación y diversidad, en los
sectores populares es posible que la maternidad continúe
siendo un horizonte importante.
Asimismo, la fragilidad
social de estos sectores plantea graves interrogantes sobre
los costos humanos de los cambios registrados en las relaciones
de género y en la femineidad. Se ha escrito mucho
sobre las mejoras en la situación de las mujeres,
Sin embargo, para un número no despreciable de jóvenes
las dificultades que se plantean, para negociar sus relaciones
familiares y de pareja, controlar efectivamente su fecundidad
y para insertarse en la esfera pública pueden conducirlas
a quedar rezagadas de manera tal que las distancias sociales
ya existentes se profundicen alimentando el círculo
vicioso de la pobreza y la discriminación de género.
Finalmente, estos procesos
entrañan una paradoja: el desmantelamiento de la
dicotomía masculino/femenino podría incentivar
a las jóvenes a adoptar el modelo masculino, el individuo
autocentrado, ciertamente mas prestigioso, como modelo de
identificación. El riesgo sería que las mujeres
renuncien a los espacios ganados (control de la esfera doméstica,
manejo de los afectos, prestigio de la maternidad) para
competir por nuevos ámbitos en inferioridad de condiciones
porque la división del trabajo en el hogar se ha
mantenido y ellas son quienes residen con los hijos cuando
la pareja se rompe.
Una
opción alternativa sería recuperar la cultura
femenina y revalorizar nuestras particularidades. Sin embargo,
ello significaría asumir que las mujeres somos “diferentes”
y caer en la esencialización al nombrar nuestros
rasgos específicos. Los estudios de género
han demostrado bastante eficientemente que no podemos detectar
rasgos característicos de uno u otro género
fuera del entramado de la cultura. Pienso que es la hora
de buscar nuevos derroteros teóricos para resolver
estos dilemas. Esa sería la tarea que tenemos por
delante.
1
Ahora bien, en el caso peruano es necesario tener en cuenta
que esta nueva ideología penetró entre las
elites pero las mujeres de los sectores populares, aun cuando
no cuestionaban estos ideales, en la práctica los
redefinieron para adaptarlos a la necesidad de trabajar
para sustentar a sus familias . Más aun, el modelo
centrado en la madre ama de casa y el padre proveedor no
constituyó el patrón predominante en las urbes
peruanas. En las familias subalternas, era muy común
que el padre no asumiera el papel de figura responsable
y se mantuvo el patrón de baja nupcialidad y matricentralidad.
De este modo, los estilos de vida populares no corresponderían
al modelo ideal de la madre moderna. Ello contribuye a profundizar
el abismo entre las mujeres de los sectores medios y altos
y las de los sectores populares que se identificarán
con el retraso y falta de civilidad.
2
Ahora bien aunque las mujeres son muy influyentes en la
familia su voz no tiene influencia en el mundo publico,
no tenían derecho al voto, su ingreso al sistema
educativo era incipiente y el trabajo femenino fuera de
casa recién empezaba a ser desestigmatizado.
3
Si en las sociedades agrarias tradicionales los hijos eran
una fuente de trabajo y apoyo material, en las modernas
sociedades urbanas, ellos constituyen un gasto
4
A similares conclusiones llega Teresa Valdés (1988,
1998 para el caso de Chile
5
Asi por ejemplo, en un estudio sobre poblaciones de bajos
recursos realizado en Rio Grande do Sul, Fachel Leal y Fachel
(1998) encuentran que en estas poblaciones el embarazo adolescente
no se percibe como un problema ya que se trata de una estrategia
de la mujer adolescente para constituir una unión
conyugal. En sentido inverso, un estudio sobre relaciones
de pareja en Santiago de Chile muestra que el tiempo de
cortejo prolongado es un privilegio de las clases acomodadas
y se relaciona con la posibilidad de extender el período
adolescente, de disponer de espacio en el ámbito
familiar, de recibir apoyo de los padres y de seguir estudios
después de terminada la escuela. Entretanto, las
mujeres de los sectores populares se zambullen sin período
previo al mundo adulto por la vía del embarazo precoz
(Valdés et Al 1999:84)
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Año XXII, No 22, Fondo Editorial de la Pontificia
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y sus sueños. FLACSO,- Santiago de Chile
Valdés,
Teresa, Jacqueline, Gysling y María Cristina Benavente
1998 «Las relaciones entre los géneros en la
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Chile