"La
manifiesta similitud de los argumentos empleados por racistas
y misóginos merece que se le dediquen unas líneas.
La desigualdad natural de las razas humanas, leemos en buen
número de filósofos y ensayistas hasta bien
entrado el siglo XIX, se acompaña de una no menos
menos natural desigualdad en los sexos. La inferioridad
mental congénita de los africanos, observa Hegel,
les expone a la influencia nefasta del fanatismo: "el
poder del espíritu es tan débil en ellos que
cualquier estímulo exterior les precipita a la barbarie
y el crimen". En un clásico de la misoginia
universal, De la debilidad mental y fisiológica en
la mujer del doctor Moebius, topamos con razonamientos muy
parecidos. El siquiatra alemán, cuya obra gozó
de gran difusión a fines del pasado siglo, juzga
a las mujeres seres dependientes, inferiores e incapaces
de progreso, recurriendo a cada instante, en apoyo de sus
tesis, a un paralelo con los pueblos atrasados. Un determinismo
biológico condena a unas y otros a un status de inmovilismo
y sometimiento. Según Moebius, no habrá jamás
mujeres pintoras, escritoras, científicas, etc. -la
única capacidad que les concede es la de producir
hijos- porque, en cuanto simples apéndices del hombre,
no pueden alcanzar, a diferencia de éste, la plenitud
individual. Para Hegel, como para su antecesor Montesquieu,
el africano se ha detenido en el periodo de la conciencia
sensible, de ahí su imposibilidad absoluta de evolucionar
[...]
Dicha
argumentación racista articula de forma más
o menos explícita los escritos de numerosos orientalistas
sobre la inercia, letargo, fatalismo y atraso de los pueblos
islámicos. Los inevitables clichés del árabe
embustero, servil, astuto, rencoroso, etc., tienen como
denominador común la arraigada creencia en su irracionalidad,
su dependencia natural de un poder superior, su contingencia
metafísica, su imperfección biológica.
Hay una "especificidad musulmana" como hay una
"especificidad femenina". Una somera ojeada a
la literatura de viajes al Machrek y al Maghreb, nos informa
al punto de que, como las mujeres, los orientales no han
alcanzado la integridad humana del hombre moral y responsable.
La presunta anotación de un testigo, válida
en mejor de los casos para un núcleo social muy preciso
o un área geográfica muy concreta, copiada
docenas de veces por viajeros posteriores y atribuida a
grupos o naciones distintos de los que la originaron, se
convierte e un rasgo genérico, adquiere vigencia
inmutable. Poco a poco, la visión previa, y a menudo
fantasiosa, de los expertos acuña un conjunto de
dogmas que someten al oriental -moro, sarraceno, turco--
a un estado de capitis diminutio. Como la mujer "elaborada"
por el discurso masculino, aquél será versátil,
irascible, contradictorio inexacto, influenciable, carente
de lógica. Esta "especificidad", aprovechada
por los ideólogos del colonialismo, lleva implícita
la idea de que el europeo debe asumir la misión de
gobernar a los pueblos menores e incapaces, como el paterfamilias
gobierna y protege a los niños y la mujer. Ya sea
con el disfraz de la propagación de la "verdadera
fe cristiana", ya con el de la noble empresa de "despertar"
a las civilizaciones "dormidas" con la luz del
progreso, la concepción etnocéntrica justificará,
en nombre de la moral y la historia, la conquista militar
del planeta por las potencias europeas en la segunda mitad
del siglo XIX.
Pero
volvamos aún al paralelo existente entre los discursos
racista y misógino. Para sostener sus tesis sobre
el menos ser de la mujer y de los pueblos que no existen
-Hegel dixit- sino en cuanto a accidentes de una substancia,
ambos ajustan el "objeto" de las mismas a una
idiosincrasia esquemática, limitada a unos cuantos
atributos supuestamente femeninos y orientales. Said,
a quien dicho paralelo no escapa, ha denunciado con razón
el hábito de los orientalistas de "orientalizar"
sitemáticamente a los musulmanes. Si ponemos en conexión
esta actitud con la manipulación interesada de la
"feminidad" en el discurso patriarcal, podemos
llegar a la conclusión de que el árabe "orientalizado"
de la prensa, cine y literatura es una caricatura del árabe
real, como la mujer "feminizada" por la opinión
común lo es de la mujer auténtica. La fabricación
de estereotipos a medida de los deseos y conveniencias había
sido expuesta con crudeza hace más de tres siglos
por la escritora María de Zayas: los hombres, se
lamenta la protagonista de uno de sus relatos, se han propuesto
"afeminarnos más que la naturaleza nos afeminó",
puesto que las mujeres tienen "el alma tan capaz para
todo como la de los varones"; de temor y de envidia,
añadirá, las privan de las armas y las letras,
inventándoles en cambio vocaciones serviles, domésticas.
El
musulmán "orientalizado" de la tradición
literaria europea es víctima de una deformación
parecida: ilógico, irracional, inexacto, carente
de iniciativa, acepta naturalmente las órdenes y
caprichos de quien le gobierna. Abandonado a sus fuerzas,
vegeta en un estado de molicie o miseria, interrumpido a
trechos por ramalazos de cólera o bestialidad. Nada
más legitimo entonces que el hombre occidental ejerza
una tutela benéfica sobre el sexo y los pueblos débiles
y estancados. Por extraer su arsenal teórico de las
mismas premisas - biológicas, culturales, metafísicas-,
misoginia y racismo se dan inevitablemente la mano".