1. En nuestra iglesia, al igual que en la sociedad, hay un gran colorido de voces y pensamientos, distintos puntos de vista sobre la moral y diferentes caminos donde experimentamos a Dios y vivimos el Evangelio. Como mujeres y como católicas consideramos que estamos llamadas como Iglesia a ser signos y testigos de un mundo más plural y a vivir la unidad no como uniformidad e intolerancia, sino como comunión amorosa, como encuentro y reconocimiento de las legítimas diversidades para abrir con fecundidad creciente el diálogo, el respeto y la tolerancia. Pensamos que es hora de caminar hacia una iglesia que mantenga su unidad en lo necesario, su libertad en lo dudoso y su caridad en todo (GS 92).

Una Iglesia que promulga el amor, la justicia, la igualdad y la misericordia como valores sociales, no puede dejar de mirar la tragedia de miles de mujeres que se enfrentan al dilema ético del aborto y a la posibilidad de morir en condiciones inhumanas. Nos parece que no podemos como Iglesia, evadir nuestra responsabilidad evangélica y profética para dar una palabra de aliento y mostrar un rostro más comprensivo y misericordioso de Dios. Necesitamos escuchar hoy la voz de las mujeres y enriquecernos con sus experiencias para una mayor corresponsabilidad comunitaria.


2. En materia de sexualidad y reproducción, a pesar de los señalamientos públicos de nuestra jerarquía, hay un desacuerdo y desacato silencioso, pero mayoritario, de católicas y católicos, quienes no aceptamos el apoderamiento público, la exclusión, el señalamiento ni la penalización eclesial -ni civil- hacia las mujeres que han abortado. Este gran sector de laicas, laicos, religiosas, religiosos y sacerdotes se manifiesta con dificultad públicamente por temor a las represalias de la institución, pero no deja de sostener, con argumentos, reflexiones y experiencias, posiciones distintas a las de la jerarquía eclesial.
Nos preguntamos si este desacato tiene que ver con el Census Fieles (LG 12), que supone el consentimiento universal de los fieles a una doctrina. No basta con que sea promulgada una doctrina sino que ésta debe ser reconocida y vivida por los fieles, pues en última instancia quien conduce la Iglesia es el Espíritu de Dios que habita en las personas y que se expresa en la comunidad de fe. Entonces, consideramos que nuestra jerarquía católica tiene la obligación de escuchar ese Espíritu, esas voces, esa experiencia de las mujeres y hombres de nuestra comunidad.


3. Estamos conscientes de que el aborto voluntario es la cancelación de un proceso de vida; estamos seguras de que la gran mayoría de las mujeres que han pasado por este trance no lo han anhelado ni lo han practicado con alegría en sus corazones, ni disfrutan ni encuentran gozo en esta dolorosa decisión. El aborto ha sido para ellas un último recurso porque quieren evitar un mal menor: no humanizar una vida. El aborto representa de manera dramática un rechazo a la deshumanización.

Cuando como sociedad somos incapaces de asegurar una vida digna y realmente humana para los millones de pobres y los extremadamente pobres, con toda seguridad podemos hablar de la gran injusticia social como la verdadera causa de que el aborto resulte la última salida para muchas mujeres de escasos recursos económicos.


4. En situaciones extremas como el aborto, muchas católicas retomamos los principios del probabilismo y de la primacía de la conciencia bien formada, que se desarrollaron en el siglo XVII cuando la feligresía católica se preguntaba cuando podían de buena fe tomar una posición en desacuerdo respecto a una enseñanza tradicional. La Iglesia aceptó el punto de vista de los teólogos en cuanto a que una dudosa obligación moral no podía ser impuesta como si fuera certeza (Maguire, Daniel, Opciones católicas para el Debate del Aborto).

El principio del probabilismo consiste en que católicas y católicos tenemos el derecho de disentir, de no estar de acuerdo y actuar en consecuencia, con la jerarquía de nuestra Iglesia en asuntos morales, si no hay una sólida probabilidad a favor de la enseñanza en cuestión; es decir donde hay duda hay libertad. Esto significa que en última instancia la decisión moral está en manos de nosotras y nosotros, de nuestra conciencia que es el núcleo secreto en donde nos sentamos a solas con Dios (Concilio Vaticano II, Gozos y Esperanzas 16-17).



LA LIBRE ELECCION
ES REQUISITO DE LA DIGNIDAD HUMANA Y RECONOCIMIENTO DE UN DERECHO HUMANO

Consideramos que como Iglesia debemos conocer, escuchar y acompañar respetuosamente a las mujeres que están enfrentándose a este dilema ético del aborto y acompañarlas respetuosamente. No para decidir por ellas, no para imponerles, sino para crear condiciones en las cuales puedan tomar una decisión con profundo discernimiento, con información veraz, conociendo todas las posibilidades, con oración profunda, con aliento y calidez. Para aquellas que ya se han enfrentado a esta difícil circunstancia, convencidas de que han seguido los dictados de su conciencia de manera responsable e informada, tiene que haber comprensión y respeto a su decisión, tomando en cuenta que esta es una decisión moralmente válida, habitada por Dios.

 

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