Este escrito es un comentario sobre la justificación ética del aborto en el Perú. No se concentra en el aspecto legal del asunto puesto que presupone que la legalización del aborto es el reflejo de la hegemonía ética de una determinada sociedad. Este comentario es además psicoanalítico y marxista.

Psicoanalítico, porque no se preocupa tanto por las opiniones conscientes frente al aborto como por las posiciones inconscientes frente al mismo; como veremos, hay cosas que la gente no sabe que piensa sobre el aborto. Y marxista, porque hace hincapié en que esta posición inconsciente está relacionada de distintos modos con los procesos económicos, políticos y culturales de la época. A diferencia de lo que divulga la sabiduría popular, el inconsciente no es un remanente instintivo, animal o irracional sino, como lo afirma Jacques Lacan, una estructura lingüística exterior que interpreta las vivencias íntimas del sujeto. Por ello, antes de iniciar un proyecto para legalizar el aborto, es importante conocer la instancia inconsciente (éxtima) que interpreta éticamente este acto.

 

La modernidad y los derechos reproductivos

El discurso de los derechos reproductivos está estrechamente vinculado al concepto moderno del individuo autónomo, del individuo independiente de la colectividad. En la sociedad medieval, el hombre y su cuerpo eran parte de la “cadena del mundo”, parte de un todo orgánico, parte de un todo mayor que la suma de las partes. Pero luego del deicidio con el que se da inicio a la modernidad –es decir, luego de la muerte del Amo cuya voluntad era el eslabón que sostenía la cadena tradicional-religiosa-, el proyecto individual adquirió progresivamente mayor relevancia. Aquí es importante hacer hincapié en el lazo intrínseco entre el individualismo y el capitalismo, la fuerza motriz del proceso de modernización. A fin de constituirse como sistema económico dominante, el capitalismo tuvo que desvincular al sujeto de su comunidad tradicional y someterlo como asalariado a la lógica abstracta del intercambio comercial. La concepción del individuo autónomo le era por tanto indispensable. Pues si el sujeto no se percibía a sí mismo como una entidad independiente de la “cadena del mundo”, es decir, como un individuo que podía hacer lo que quisiese con su propiedad productiva (su cuerpo, su energía, su inteligencia) y adquisitiva, la reubicación geográfica del trabajador y la movilización de sus afectos hacia la producción y el consumo de mercancías estaban condenadas al fracaso. Los derechos del individuo –así como el individualismo y sus excesos-- son por ello consustanciales a la modernidad capitalista.

Visto desde esta perspectiva, el derecho (re)productivo es el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo como medio de producción, el feto adquiriendo entonces el estatuto de materia prima y el Yo de la mujer el de propietario capitalista. Así como el dueño de una fábrica puede de un momento a otro clausurarla y mudarla a otro lugar si es que allí minimizará sus costos de producción, la mujer puede (teóricamente) decidir si va a producir hijos con su cuerpo o, para usar un ejemplo cualquiera, aviones de combate. Evidentemente, ni siquiera los corredores de bolsa de Wall Street ven las cosas tan fríamente como las hemos expuesto arriba. No obstante, la percepción capitalista de la existencia –convalidada por la realidad material del capitalismo-- facilita la asociación de la maternidad con una actividad productiva, así como la separación de la mujer de esta actividad, otrora percibida como intrínseca a su ser. Las mujeres han abortado desde el comienzo de los tiempos, pero que el aborto sea un derecho (re)productivo es un razonamiento propiamente moderno, un razonamiento que sólo tiene sentido en una sociedad industrial que ha convertido la naturaleza en “materia prima” –exenta de valor intrínseco-- y que se ha abocado a optimizar cuantitativa y cualitativamente la producción a través de la consistente alteración de los propios procesos productivos.

 

La posmodernidad y la prohibición del aborto

La modernidad estaba marcada por dos tendencias en tensión: la tendencia “disciplinaria” hacia la organización racional o científica de los sujetos en nombre del progreso y la tendencia “individualista-capitalista” hacia la realización personal. Durante esta época, la fe en el progreso mantenía (mal que bien) las aspiraciones individuales dentro de vastos proyectos sociales: entre ellos, los más importantes, la construcción de la Nación y la emancipación universal (el socialismo). Pero luego de dos guerras mundiales y de los genocidios nazis y estalinistas, la época posmoderna cuestiona los metarelatos modernos del progreso y de la utopía social, facilitando así la exacerbación de la tendencia individualista. La posmodernidad es, por tanto, la época en que la aspiración moderna a la realización personal se desprende de la aspiración (también) moderna a construir y organizar racionalmente una civilización universal.

Este desprendimiento --hay que decirlo-- es correlativo a una transformación del capitalismo que se dio a lugar en la segunda mitad del siglo veinte. Gracias a los avances tecnológicos, la empresa dejó atrás el rígido sistema fordista de producción en masa y adoptó un régimen de acumulación flexible que le permitió una producción más rápida y variada de mercancías. De este modo ella –la empresa-- impuso un ritmo más acelerado al consumo y a la vez pudo responder a la diversidad y a los cambios repentinos del gusto de los consumidores. No tardaría en aparecer, como complemento, el acceso masivo al crédito financiero (tarjetas de crédito, pagos a plazos) y una mayor agresividad de parte de las agencias publicitarias, ahora menos dedicadas a informar que a provocar y a representar el deseo. Todo esto dio a lugar a una verdadera “revolución del consumo” que tuvo como efecto la masificación del individualismo hedonista: o para decirlo en términos de Gilles Lipovetzsky, de una personalidad narcisista proclive a rechazar la prohibición y el deber-ser social. De allí que uno de los preceptos básicos de la ética posmoderna se cristalice en el famoso dicho los años sesenta: “Prohibido prohibir” .

No debe sorprender entonces que la subjetividad contemporánea resienta la interdicción del aborto como una fastidiosa interferencia del Estado en la vida privada. Y dado que incluso los individuos que consideran al aborto como un homicidio han sido de algún modo socializados por la época, no debe sorprender tampoco que por lo general ellos no estén dispuestos a seguir sus preceptos éticos hasta sus últimas consecuencias. Pues si bien hay muchos que consideran que el aborto es un homicidio, pocos son los que se atreven a exigir una pena de largos años de cárcel para la mujer que recurre a él. Y esto porque, inconscientemente, ellos en realidad no creen que el aborto sea un crimen tan grave como el homicidio. Tampoco lo “cree” así la ley peruana, por más retrógrada que ella pueda parecer al activismo feminista: después de todo, la pena por el delito de aborto en el Perú es mucho menor que la pena por homicidio y menor incluso que la pena por delito por lesiones en el cuerpo. En su monografía “La penalización del aborto”, Jeannette Llaja se apoya en estos hechos para argüir que “la censura social al aborto se restringe a una censura moral y religiosa, pero no se extiende a una censura legal por el Estado expresada en prisión”. Para nosotros, sin embargo, la ausencia de censura legal-penal expresa la debilidad inconsciente de la censura moral y religiosa. En otras palabras, no es que haya una escisión entre la censura moral de la sociedad y la censura legal-penal del estado sino que la censura legal-penal expresa la dimensión real de la censura moral.

 

El inconsciente dividido y el aborto como transgresión

Que, en el Perú, cada año más de 400,000 mil mujeres recurran al aborto no es un indicador de que ellas se conciban a sí mismas como sujetos modernos separados de “la cadena del mundo”, es decir, de un orden orgánico tradicional-religioso. Si bien estas cifras dan cuenta no sólo de la noción sino del ejercicio de la agencia, la condena al aborto por parte de la población nos hace pensar que quienes recurren a él no están dispuestos ni a justificarlo éticamente ni a apoyar su legalización. Por el contrario, pensamos que ellos y ellas prefieren que el aborto se mantenga a la vez ilegal y accesible.

Esta posición paradójica da cuenta de un inconsciente dividido en el caso de los peruanos, al menos en el caso de los peruanos de las urbes. Recuérdese que, en un primer periodo de su enseñanza, Lacan creía que el inconsciente era una estructura coherente que interpretaba las vivencias del sujeto. Sin embargo, en su último periodo, él llega a la conclusión de que el inconsciente es una suerte de enjambre, una instancia poblada por una variedad de significantes-amos pertenecientes a discursos distintos. A grandes rasgos, podríamos decir que el inconsciente de los peruanos se halla escindido entre un discurso católico-tradicional y un discurso posmoderno (el discurso que viene de la mano de la globalización capitalista). Debido a la innegable presencia de la globalización y a la gran cantidad de abortos que se realizan en el país, no es inaudito pensar que el discurso posmoderno prima en el inconsciente de los peruanos. No obstante, puesto que el proceso de (pos)modenización del Perú es defectuoso o incompleto, se encuentra también en ellos un remanente inconsciente del discurso tradicional-católico que los lleva a repetirlo en el plano consciente al ser cuestionados sobre el tema del aborto. De esto podemos colegir que los peruanos no saben lo que realmente creen con relación al aborto, y que puesto que además no lo quieren saber, recurren a él como una transgresión y expían su culpa condenando los derechos (re)productivos como un vehículo del mal.

Refiriéndose a América Latina, Carlos Monsiváis opina que la sociedad ya ha despenalizado (efectivamente) el aborto. Digamos que tiene y que no tiene razón, al menos en lo que concierne al Perú. Si bien la mayoría de encuestas coinciden en que los peruanos no creen que se deba penalizar a la mujer que recurre al aborto, ellos exigen sin embargo la penalización de los médicos que lo hacen posible. Obsérvese que el condenar a los médicos, mas no a la mujer, implica que la población desea mantener la prohibición del aborto y a la vez transgredirla sin mayores consecuencias legales (sin mayores consecuencias para ella, por supuesto). Una paradoja similar se advierte en la posición con respecto a este tema del diario popular Ajá. A pesar de condenar enfáticamente el aborto, el diario incluye en sus páginas avisos de casas o clínicas clandestinas que facilitan dicha intervención médica. Además de ser una evidencia de la hipocresía de un diario sensacionalista, esta paradoja revela que, así como la mayoría de los peruanos, Ajá prefiere mantener el aborto como una práctica clandestina sin tener que lidiar abiertamente con su justificación ética ni con su legalización. Por supuesto, este proceder tiene (o puede tener) graves consecuencias para la accesibilidad del aborto: si se insiste en condenar y/o penalizar a los médicos, es posible que en el futuro nadie pueda realizarlo. La población, sin embargo, se esfuerza por no pensar el asunto de manera coherente: prefiere simplemente tomar a los médicos como un chivo expiatorio de sus propias culpas morales o legales.

Entonces: si bien Monsiváis tiene razón en que la sociedad ya ha despenalizado el aborto en términos efectivos (además, pocas se veces se encarcela a un médico por este delito), esto no quiere decir que ella lo haya justificado de manera ética y que por lo tanto esté dispuesta a su despenalización pública, simbólica (léase, legal). Es más, puesto que los peruanos no parecen interesados en lidiar con la inconsistencia de su deseo (la inconsistencia de desear transgredir y a la vez preservar la prohibición legal del aborto), es perfectamente posible que persistamos en un limbo ético y legal que permita que cientos de miles de mujeres aborten en condiciones riesgosas.

 

Estrategias para facilitar la justificación ética del aborto

Para movilizar a la población hacia la legalización del aborto, es indispensable construir una instancia de autoridad ética que lo justifique. Ya hemos dicho que la época posmoderna justifica el aborto. Pero hay que decir también que es necesario construir una instancia de autoridad ética que de algún modo dé cuenta de la idiosincrasia singular de los peruanos. Dicho esto, proponemos,

 

1) Privilegiar el discurso de la justicia social.

Puesto que la globalización no ha conseguido aún erradicar en el Perú los remanentes de un orden católico-tradicional, los peruanos (como lo indican todas las encuestas) no consideran válidas las consideraciones individualistas para optar por el aborto. Que una mujer tenga derecho a deshacerse de “su hijo” porque ella tiene otros planes para su propia vida, es una noción que a los peruanos en general les parece un pretexto egoísta. Así, dado que la población no está dispuesta aún a aceptar conscientemente el discurso moderno-posmoderno de los derechos reproductivos, pienso que una campaña para legalizar el aborto debería asumir más bien el discurso de la justicia social. Según la Encuesta nacional , el Perú es una sociedad que se sabe injusta, una sociedad que sabe bien que los ricos, los blancos y los hombres son quienes de verdad pueden ejercer sus derechos. A esta saber se le suma un sentimiento generalizado de indignación, indignación que en algunos se conjuga con la desesperanza y la impotencia, y que en otros se traduce en la actualización de marchas y protestas en contra de las relaciones de poder existentes. En cualquier caso, la indignación ante la injusticia social está allí, y nos parece evidente que un movimiento para legalizar el aborto podría beneficiarse enormemente de ella.

Como ya lo han estudiado muchos autores, la prohibición del aborto implica, primero, que los ricos continuarán realizando abortos en condiciones óptimas mientras que los pobres tendrán que seguir haciéndolo en condiciones peligrosas; y segundo, que a diferencia de los ricos, quienes siempre podrán recurrir al aborto sin riesgo mayor a la vida, los pobres (que no acepten el aborto en condiciones peligrosas) están siendo despojados económicamente de un medio importante para planificar sus vidas más allá de la sobrevivencia. Por ello, una campaña a favor del aborto que se enfoque en describir y en hacer patente estas desigualdades (desigualdades que tienen color, clase y sexo) podrá canalizar a su favor un sentimiento de indignación en estado de ebullición.

 

2) Construir una perspectiva metafísica dentro de la cual el aborto no sea una aberración

Como lo enseña el psicoanálisis, en la modernidad Dios se refugia en el inconsciente. Relacionado al Perú, este aserto implica lo siguiente: primero, que existe en los peruanos una instancia interpretativa católica-tradicional, y segundo, que existe en ellos el deseo profundo de que exista un orden metafísico. Cuando algún ser querido muere, tratamos inútilmente de encontrarle un sentido a su desaparición, ya sea culpando al fallecido (“el tipo fumaba mucho”), culpándonos a nosotros mismos (“debí haberle impedido que fumara”) o culpando a un tercero (“el pobre fue engañado por las compañías de tabaco”). No hay nada más penoso para la mente humana que reconocer, como a veces se hace en los velorios, “Que no somos nada”; que mi vida y la misión que yo le adjudico, por más noble que ésta sea, no está garantizada por Dios. Ahora bien, en el Perú, este deseo de que exista un orden divino se engancha por lo general a un discurso católico que interpreta el aborto como una perversión del mismo orden. Curiosamente, los activistas pro-derechos (re)productivos no han hecho mucho por desenganchar el deseo de orden divino del discurso católico oficial. Y decimos curiosamente porque en una sociedad donde Dios todavía no acaba de morir, quizás no haya nada más importante para ayudar a la justificación ética del aborto que sugerir un orden divino dentro del cual el aborto no sea una perversión de este mismo orden.

Por supuesto, no estoy proponiendo que el activismo feminista funde una nueva religión. Estoy proponiendo darle visibilidad a posiciones católicas frente al aborto que se distingan de los preceptos inculcados por el ala más dogmática de la iglesia. Sorprende, por ejemplo, que no se haya divulgado de manera masiva que, antes de 1869, gran parte de los teólogos enseñaban que el feto se convertía un ser humano con alma sólo después de los 40 días de la concepción. Sorprende también que no se haya hecho conocer al público las opiniones de teólogos contemporáneos que difieren de la aparentemente monolítica posición eclesiástica. ¿Por qué, por ejemplo, no se ha traducido y publicado en el Perú A Brief, Liberal Catholic Defense of Abortion ( Una breve defensa liberal-católica del aborto ), libro donde los profesores de teología Daniel A. Donbrowski y Robert Deltete arguyen que la posición oficial de la iglesia frente al aborto reduce la complejidad ética con la cual la tradición católica ha considerado este tema.

 

3) Luchar por la hegemonía fantasmática

Dar visibilidad a figuras carismáticas que estén a favor del aborto y a mujeres conocidas que lo hayan practicado y estén dispuestas a hablar de ello (como se hizo en Brasil o en Francia). Nos parece además que “las mujeres conocidas” y “las figuras carismáticas” deben ser asociadas con el altruismo y no con el individualismo, o para ser más específicos, con valores comunitarios y no con los derechos (re)productivos de la mujer. Por ejemplo, Mariela Balbi, una mujer moderna que siempre ha defendido los derechos (re)productivos de la mujer, no es el sujeto ideal para esta tarea. Mucho menos lo sería la actriz Leslie Stewart. El sujeto ideal sería más bien una mujer de estrato social inferior que esté comprometida con los problemas de su comunidad, una mujer como, por ejemplo, la difunta Maria Moyano (si es que ella hubiese abortado en algún momento y estuviese viva para contarlo). Estamos hablando entonces de la lucha por la hegemonía fantasmática, la lucha por la imagen típica que sirve de trasfondo al debate conceptual. Aún en sociedades más modernas que la nuestra, que el aborto se perciba como un tema de “empresarias promiscuas” o de madres solteras y pobres, predispone a la opinión pública hacia una posición determinada en lo referente a su justificación ética.


 
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