Día de guardar

La mañana se inició con un inofensivo color de leche. La niebla se repartía la ciudad, ploma desde el noveno piso, en nuestra habitación. Toda la noche sentí mi útero comprimirse y dilatarse. Sabía que tendría que esperar. Pasé horas con la incertidumbre mordiéndome los brazos (mis dedos se encogían y juntaban apretándome la piel). Pude esperar unas horas más y luego...

-Prepárate, quítate la ropa y ponte la bata que está detrás de la puerta –ordenó el que opera, el principal.

Intento mostrar una serenidad que no sé si tengo porque tampoco sé de la desesperación. Todo influye con tranquilidad y presiento que en el fondo está lo roto.

En un espejo quizá podría mirarme a los ojos. Mirar la hinchazón de esos ojos y mi pelo aún mojado; las formas que abandonaré violentamente sobre la mesa.

(La mesa se ve alta y negra

bastante fría)

Desnuda alzar las piernas y dejar que se sostengan en dos columnas tan heladas y también negras.

Es un juego, pienso, pero en tres segundos mi cuerpo se convierte en una ofrenda.

(Tenías que haber estado acá, tú sobre esta mesa.

Te he llamado. Lo hice insultando tu nombre

Y todo lo que es tuyo: yo por ejemplo).

He preferido cerrar los ojos y alguien ha tirado de mi brazo. Una aguja penetra dócilmente arrasando la carne, abriendo un surco en el que todo, por fin, tendrá que detenerse.

La anestesia inicia su trabajo. Un repentino sudor que arde estalla en el pecho y luego baja. Este es el dolor, pienso.

-¿Qué líquido es este?

Después de varios minutos él ha respondido que me tranquilizará que es un sedante que no me va a doler. Pero hay algo en aquellas gotas que resbalan armónicas, dentro de la botella unida a mi brazo. No sé, es imposible mirar con claridad lo que está pasando, ¿estoy a punto de morir?

Se lo pregunto y siento su risa alejarse y luego volver.

-La muerte no me gusta, yo prefiero mantenerla lejos –contesta mientras impulsa otra aguja en el mismo lugar de la primera, ensanchando aún más el orificio.

Se inicia el rito.

Puedo sentir, ahora sí, el dolor, su intruso miedo.

Un enorme tubo se encaja entre mis piernas y desgarra.

He perdido la conciencia.

 

Patricia Alba ( “O un cuchillo esperándome”)


 

¿Sientes el escalpelo de sus uñas haciéndote daño?

¿tratando de demarcar un territorio liberado de mal olor y escarcha?

me ha estado ardiendo así desde hace un año

había vuelto a sentir ese inexplicable asco por la carne jugosa

y medio cruda desde que en un restaurant de Rodizios

vi acercarse a un mozo con un trinche relleno de carnes

en las poses más descaradas

ni hablar del hígado

no he vuelto a comer hígado desde la vez que desperté

en un charco de sangre y corrí al baño y otro trozo más

compacto -de sangre- se desprendió de mí

como si hubiera estado dejando ir a otro hijo

 

mi hijo de sangre se deshacía en la espiral de agua

cuando bajé la palanca y el nudo del water

se ajustó en mi cuello

como una intromisión de piel

 

me senté en la taza a esperar lo que sea

vino más sangre líquida

otros pedazos tiernos de hijos más pequeños

y encogidos que rápidamente hacía desaparecer

 

y luego esa sed maldita que me obliga a tomar agua

con desesperación

rodeada de vasos sedientos pudriéndome

en las garras de un asfixiado calor

mirando la ventana que no daba a ningún orificio de aire

empecé a hojear The Economist :

la sobredosis de inglés que me hacía falta

 

fingirme convaleciente ¿me ayudará?

¿me ayudará esconderme en el vuelo carnívoro que las moscas

vacían de sus patas como sabias ordeñadoras de nada?

 

una pulgada de días sin bañar una manada de negra carne

africana sin rebanar Me cura el hambre la compasión y el sueño

su repetición en la sonrisa de jóvenes voluntarios en Sudán

cuelga como ropa recién lavadita del aire

 

solo me haría falta una monja para tener el sueño perfecto

quiero una monja ordeno que se me aparezca una monja

que una monja descienda de la herradura del cielo y me preste

sus pulmones última generación de sonido la velocidad de su auto

que la cadena negra del rosario amordaza a sus pies

 

que el cielo de plástico me plastifique como las manzanas rojas

de los carrillos encerados de la monja que me devuelvan la salud

alguien que escarbe en mi sudor de raíz la fe y de raíz me perdone

tierra madre o muerte aun si le pertenecemos.

 

Roxana Crisólogo (inédito)

 

 
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