
En
los últimos tiempos,
ante la arremetida de los movimientos fundamentalistas en
el mundo, hablar de placer y erotismo es sinónimo
de frivolidad cuando no de perversión y aproximación
al mal, sobre todo si se trata de la reivindicación
del placer sexual por parte de las mujeres.
En
religiones puritanas, misóginas y retardatarias como
algunas facciones del Islam, del catolicismo y algunas sectas
protestantes, la idea del goce en la mujer es diabólica
y debe ser proscrita de muchas maneras, ya sea a través
de métodos salvajes y mutiladores como la infibulación
(extirpación del clítoris en las niñas
africanas, asiáticas y de la Amazonía) o mediante
campañas que promocionan el amor ideal asexuado,
estigmatizando el amor lésbico y homoerótico,
ya que a éstos últimos se los asocia con el
cuerpo más que con el alma.
Sin
embargo, alma y cuerpo son uno solo según la ciencia,
recuérdese que todo comportamiento humano es -como
afirma el antropólogo José Luis Solana de
la Universidad de Granada -: resultado de las interacciones
entre varios componentes (genético, cerebral, sociocultural),
es fruto de la interacción entre componentes biológicos
y culturales; el hombre es un ser biocultural”. Así,
aquello que gozas con el cuerpo también lo disfrutas
con el alma, lo espiritual es celebrado con los sentidos,
de otro modo no podría entenderse por ejemplo la
finalidad del arte, que es impactar nuestros sentidos, muchas
veces como en el caso de la poesía sólo con
las palabras en un terreno que es más abstracto que
físico, pero cuyo impacto es sensorial: un poema
de Sor Juana Inés de la Cruz y otro de César
Vallejo alteran nuestro ritmo cardiaco, nos hacen exudar
adrenalina, en resumen nos emocionamos con imágenes
poéticas que no existen en la realidad real pero
tienen respuesta corporal, ya que las principales áreas
involucradas con las emociones son el hipocampo, el tálamo,
el hipotálamo, el tallo encefálico, entre
otros.
¿De
otro lado, cómo puede ser la lucha por el placer
sinónimo de frivolidad? Bien entendido, el sexo es
el motor de la vida, sin la necesidad atávica de
todos los organismos más primitivos como la de la
célula eucariota de replicarse, no estaría
contando esta historia. Dicha necesidad de réplica
a su vez está unida al placer en la mayoría
de los mamíferos, ¿de qué otro modo
hubiera podido ser? Basta echarle una mirada a la biología
para entender que las leyes de la naturaleza son tan sabias
como las de Dios. No queremos discutir sobre cuáles
son más inteligentes, si las de la naturaleza o las
de Dios, sólo queremos invitarlos en este fascículo
a reflexionar sobre el tema del placer y el erotismo sin
ánimo de aproximarlos al mal, en todo caso se trataría
del mal de la naturaleza, un bien de Dios.
