“No
entiendo a las mujeres” es una frase que
se repite desde esta organización de la otredad femenina
como un espacio cultural cuya peculiaridad es difícil
de asir y que, por cierto, está mucho más
cercana de la “naturaleza” y de la “biología”
sólo por ser la portadora de vida. Fue Sigmund Freud
quien, desde esta posición patriarcal y androcentrista,
ideó una metáfora poco afortunada que ha calado
en sus seguidores: denominó a la Mujer como “el
continente negro”. ¿A qué se refería
Freud cuando menciona el “continente negro”?,
¿a África? ¿o a un una masa que “contiene”
otra cosa y que, además, es negra? Asumimos que la
metáfora se puede interpretar de las dos maneras,
y precisamente éste es el ejemplo perfecto, dentro
de la historia de las ciencias en Occidente, que demuestra
la clara homologación de la mujer con el otro “salvaje”,
“excesivo”, “primitivo”. Entonces,
en la medida que son “negras”, las mujeres son
consideras ininteligibles y por eso los hombres “deben”
tutelarlas, organizarlas y “normalizarlas”.
Pero también son oscuras, opacas y siniestras.
El “continente negro” no es negro ni inexplorable:
aún está inexplorado porque nos han hecho
creer que era demasiado negro para ser explorable. Y porque
nos quieren hacer creer que lo que nos interesa es el
continente blanco, con sus monumentos a la Carencia. Y
lo hemos creído. Nos han inmovilizado entre dos
mitos horripilantes: entre la Medusa y el abismo […]
Nosotras las precoces, nosotras las inhibidas de la cultura,
las hermosas boquitas bloqueadas con mordazas, polen,
alientos cortados, nosotras los laberintos, las escaleras,
los espacios hollados; las despojadas, nosotras somos
“negras” y somos bellas. (Cixous 21-22) [énfasis
original]
En este párrafo la escritora y filósofa franco-argelina
Hélène Cixous ironiza en torno a esta metáfora
freudiana. Su propuesta es, precisamente, darle la vuelta
a esta frase que ha calado en cierto sector académico
—psicoanalistas— de la cultura occidental y,
por último, reivindicar esta misma condición
como elemento que diferencia y que estimula. Lo negro ya
no es necesariamente lo opaco y tétrico, sino que
lo negro, por su propia condición de opacidad, puede
ser bello. Lo que va a plantear Cixous es que esa propia
condición femenina tiene que ser reivindicada en
tanto tal para consolidarnos precisamente por nuestras propias
“esencialidades”: somos bellas porque somos
las “holladas” y porque somos “negras”.
El elemento que nos caracteriza y que nos ha valido la posición
de “otras”, extrañas, ajenas y nuestra
subordinación en esta visión de la cultura
androcentrista, ahora puede y debe ser un elemento que nos
define desde una perspectiva positiva. La “otra”
no tiene por qué seguirlo siendo: la idea no es reforzar
esta visión del “otro” sino como posibilidad
de enriquecer la cultura del “uno”.
Se ha criticado a Cixous por esencialista porque le atribuye
a la mujer la cualidad de ser la “hollada”,
la que porta el “hueco”, el “vacío”,
es decir, le confiere cualidades consideradas como “esencialmente”
femeninas. No obstante ser una posición peligrosa,
no deja de tener atractivo en la medida que plantea un cambio
de paradigma sustentado en una característica corporal
femenina, el “hueco” o la “falta”
y, por lo tanto, un cambio ontológico mayor. En la
medida que el hombre ha sido presencia y palabra, y la mujer
ha ocupado el lugar de la falta y del silencio, Cixous plantea
construir en el espacio de la “falta” una nueva
ontología que pase por otro tipo de palabra y deponga
el eterno silencio. “Asesinar al otro” es lo
que sugiere uno de los subtítulos de su libro y una/otra
no puede sino pensar que es necesario desaparecer la idea
políticamente correcta de “otro-diferente pero
tolerable desde la cultura androcéntrica-occidental”
para integrarla a una idea mucho más compleja, difícil
pero mucho más justa, que es la de heterogeneidad.