Una
de las tareas a las que se ha dedicado el movimiento feminista
en América Latina durante los últimos
diez años ha sido en incidir en las políticas
estatales para reivindicar los derechos de las mujeres en
temas como salud sexual y reproductiva, así como
en evitar la violencia hacia la mujer.
Se trata
sin duda de un trabajo de las expertas en lobbies de distinta
índole o incluso a través de ingerencias directas
en las propuestas legislativas. Por cierto, se trata de
un esfuerzo desplegado en casi todos los países y
que ha permeado en muchos casos las políticas públicas,
siempre monitoreadas por los diferentes organismos internacionales
o fuentes de financiamiento. Un trabajo difícil,
a veces descomunal, pero asimismo, un trabajo que obliga
a las feministas a centrar sus objetivos en cambios legislativos,
en modelos de atención desde los diferentes espacios
estatales o en cambios de políticas institucionales
que a veces se quedan en letra muerta.
Los cambios
en las políticas de los Estados no necesariamente
calan en las formaciones sociales imaginarias. Los cambios
de políticas públicas pueden ser beneficiosos
para las mujeres y sus reivindicaciones básicas pero
en la mayoría de los casos estos cambios no son acompañados
por otros que son imprescindibles para la práctica
de la igualdad: los cambios en los patrones culturales,
en las formas de entender la vida de las mujeres, en las
imágenes de las mujeres y sus competencias y posibilidades.