
Justicia
y reparación para las mujeres violadas
Carmen
Ollé
A dos años de la entrega
del informe de la CVR se confeccionó el Gran Quipu de la
Memoria impulsado por el movimiento “Para que no se repita”,
las Ongs por la defensa de los derechos humanos y otras organizaciones
civiles.
En un impresionante acto público,
el 26 de agosto se presentaron los quipus construidos por muchas
personas para recordar a las peruanas y peruanos muertos y desaparecidos
durante el conflicto armado interno, y fueron entregados a la Defensoría
del pueblo.
Este símbolo precolombino
refleja también el interés por fortalecer nuestra
identidad tan mellada por desencuentros culturales y políticos
entre las distintas visiones de mundo que, en nuestro país,
deberían enriquecernos. Nos referimos a la cultura quechua,
aymara, amazónica, afroperuana, a la occidental cristiana
y/o laica. La suma de todas estas culturas deberían constituir
la nación peruana y no atomizarla, como suele ocurrir debido
a prejuicios sociales y raciales.
Las personas quechuahablantes han
sido desvalorizadas por la cultura oficial, que preserva nuestro
pasado precolombino sólo como un circuito turístico.
Así, los ritos religiosos y cantos quechuas fueron prohibidos
en la Sierra por la Iglesia católica y la lengua quechua
relegada como el idioma de los pobres por el pensamiento dominante.
Por esa razón, es significativo
el hecho de que el evento del 26 de agosto haya sido precedido por
una caminata realizada por un chasqui y dos jóvenes golpeados
por la violencia política a lo largo del Camino Inca o Cápac
Ñan, quienes presentaron un memorial a las autoridades del
Ejecutivo y Legislativo y las cartas que fueron recogiendo durante
sus cuatro meses de recorrido por los cientos de pueblos que se
ubican a lo largo de este camino milenario, parte de un pasado que
debe formar parte de nuestro imaginario colectivo y no sólo
ser ruta de turistas, arqueólogos o esotéricos.
Pero el Gran Quipu de la memoria
también evoca a las mujeres víctimas de la violencia
sexual. Las mujeres violadas exigen reparación y justicia,
pues no se trata sólo de emplazar este bello símbolo
en la nueva alameda de la Memoria, inaugurada recientemente, sino
de perseguir las reparaciones simbólicas, materiales y psicológicas
con las cuales recuperar la confianza en la justicia.
“La violación sexual, la esclavitud sexual, el aborto
forzado fueron actos frecuentes en comunidades campesinas y nativas
de Huancavelica y otros lugares de la sierra central, perpetrados
por senderistas y las fuerzas armadas, por lo que fueron calificados
por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR)
como crímenes de lesa humanidad. Las condiciones de pobreza,
analfabetismo de las mujeres excluidas del bienestar y la cultura
oficial contribuyeron a que estas violaciones permanecieran en la
impunidad. Sólo a partir del levantamiento de casos realizado
por la CVR se puede esperar no sólo justicia para las mujeres,
sino también discursos legales y jurisprudencia que sancionen
estos delitos e impidan que se repitan en el futuro”.
Manta en Huancavelica fue una de las localidades más afectadas
en ese sentido, por eso el proceso de reivindicación de las
mujeres y pobladores de Manta debe ser encarado desde una perspectiva
de género e intercultural, tanto en el plano psicológico
como en el de la reparación legal. La justicia sí
tiene sexo y debe humanizarse teniendo en cuenta todos estos factores.
Como dice Sofía Macher del Instituto de Defensa Legal (IDL),
ex comisionada de la CVR: la reparación es una herramienta
de inclusión y un mecanismo de reconocimiento de la ciudadanía
y debe ser entendida como la restitución y deuda del derecho
por parte del Estado.
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