Carta post-pedagógica a un antiguo alumno

Susana Reisz

Querido Mario Ghibellini:

Te escribo esta carta desde la sorpresa que me produjo el artículo que publicaste en la revista “Somos” del pasado 12 de marzo. Sin embargo, no se me oculta que mucho de lo que quiero decirte públicamente tiene también como destinatarios a la mayoría de los estudiantes que pasaron por mis clases de literatura desde fines de los setenta hasta fines de los ochenta. Sé que algunas de esas jóvenes promesas de antaño hoy tienen, como tú, la posibilidad de expresar sus opiniones estéticas o políticas en los medios. Y que muchos otros leen y celebran esas opiniones. O disienten… pero callan.
El colectivo de contornos difusos al que pretende apelar mi carta de hoy estaba conformado entonces (hace un cuarto de siglo) por un grupo de hombres muy jóvenes que seguían mis clases con atención e interés. Conjeturo que ese interés era un poco diferente del que solían dedicarle a las clases de otros colegas, que en su inmensa mayoría no eran mujeres. (Hoy esa situación de desbalance ha cambiado de modo sustancial. ¿Será un resultado de la arbitraria aplicación de “cómodas cuotas” o se deberá a otra oscura razón?). Especulo ahora (y el tono de sorna de tu artículo me parece confirmarlo) que mi condición de mujer añadía a ese interés una pizca de excitación o de curiosidad nacidas de cierto sentimiento de extrañeza. A la luz de tus opiniones de hoy es plausible suponer que tú y tus compañeros de entonces encontrarían bastante raro que la contradicción no fuera mi “adorno”. Por fortuna nunca sabré si por ese motivo me consideraban una virago ni qué bromas harían en torno a otro tipo de defectos detectables en mi cuerpo.
¿Tendré que explicarte a ti, que manejas el humor misógino con bastante habilidad, que el recurso más fácil de que dispone un hombre para ridiculizar a cualquier mujer, por inteligente que sea, es usar las características específicamente femeninas de su cuerpo y los aspectos fisiológicos de su sexualidad? El título de tu texto, que alude al nombre de una toalla higiénica de formato especial (lo aclaro para quienes no conozcan la marca “Nosotras”) es un ejemplo digno de ser incluido en un manual de retórica sexista. Sin embargo, en los medios locales tales recursos descalificadores no parecen provocar mayor escándalo. Me pregunto qué ocurriría, en cambio, si mujeres periodistas se dedicaran a rebajar los méritos de cualquier político o literato señalando tan solo que tiene problemas de erección, incontinencia urinaria o una inflamación de la próstata…
Cuando paso del título al resto de tu libelo, me encuentro involuntariamente incluida entre esas “doñas” o “damas” (pues el más neutral “mujer” no parece ir con tu estilo) que “baten las alas del deseo” (las de los ángeles del dibujito y las de las toallas del título) con motivo de la celebración de esa “coqueta efemérides” que según tu artículo es el día internacional de la mujer.
Con un poco de decepción (no mucha, para que no se me tilde de llorona post-menopáusica) me pregunto, al leer todas esas fáciles ironías, qué pasó contigo y con todas aquellas inteligencias inquisitivas que escuchaban mis clases y que estaban siempre alertas para detectar un mal razonamiento. ¿Qué pasó con todas aquellas mentes abiertas a la novedad, receptivas a todo tipo de desafíos y, sobre todo, siempre dispuestas a rechazar formas estereotipadas de pensamiento y de acción?
Voy ahora al razonamiento central de tu artículo (pues es evidente que no solo has querido bromear a costa de las “doñas” sino también dejar sentada una opinión política seria). Reclamar que el Congreso y otras “instancias de poder”, como tú las llamas apropiadamente, reproduzcan la proporción que existe entre hombres y mujeres en nuestra sociedad no es, querido Mario, una simple necedad ni, mucho menos, una muestra de que quienes hacen esos reclamos (las doñas con alas) no ejercitan bien sus facultades intelectivas. Me asombra que se te haya ocurrido argumentar, con la intención de hacer una broma bien construida, que para que el Congreso fuera una fiel expresión de todos los sectores de nuestra sociedad debería tener no solo un 50% de “damas” sino además un 35% de hinchas de Alianza (no sé que proporción alcanzarían los de la “U”), un 8% de nativos de Géminis y un 1% de personas con factor RH-negativo. Pareces haber olvidado que el tema que motivó tu texto no es el juego puramente teórico de segmentar a la sociedad peruana o a cualquier otra sociedad del mundo según una multiplicidad de criterios tan diversos como los que organizaban la enciclopedia china de que hablaba nuestro admirado Borges. Olvidas que comenzaste refiriéndote a “instancias de poder” y que, en consecuencia, el tema de tu reflexión no son particiones sociales cualesquiera sino específicas relaciones de poder. Es decir, querido Mario, que el disparate no es el de las “damas” que tú tratas de ridiculizar sino el de las falsas analogías que tú propones.
Admito, para que no todo sea desacuerdo entre nosotros, la vieja maestra y el antiguo discípulo, que “affirmative action”, el principio que establece cuotas de participación obligatorias, es discutible como todo principio político. Disiento contigo, sin embargo, en que ese principio pueda calificarse sin ninguna matización de “antidemocrático”. El sistema de cuotas nació en los Estados Unidos del deseo, tal vez utópico, de compensar retroactivamente injusticias de larga data. En el contexto norteamericano las injusticias más notorias se conectan directamente con el pasado esclavista de la nación y el maltrato histórico de las minorías de origen africano. En una ocasión futura, si tú me lo permites, trataré de explicarte por qué, a lo largo de la historia del mundo, las mujeres ( o las “damas” o las ”doñas”) hemos compartido con esas minorías buenas dosis de maltrato social como, por ejemplo, la experiencia de ser excluidas del ejercicio de todas las formas de poder por una supuesta inferioridad constitutiva y la de ser descalificadas por pretender que se nos considere seres humanos completos y no “hombrecitos enfermos”, condenados a menstruar en cuotas mensuales no tan cómodas.














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Actualizado al 30 de noviembre de 2008
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