"Como
si tu madre o tu abuela saliera…"
Julissa Mantilla Falcón. Abogada.
Caminar un domingo
en la feria de San Telmo, es un punto obligado de cualquier extranjero
que llegue a Buenos Aires. Antigüedades, bailarines de tango,
estatuas vivas, todo se mezcla y crea el espacio perfecto para los
visitantes. Me detengo ante un puesto de ventas de fotos en blanco
y negro y, revisando las numerosas copias, encuentro una de la Plaza
de Mayo. Hay un pañuelo blanco pintado en el suelo, como
símbolo de las madres que durante años recorren la
plaza reclamando justicia por sus hijos desaparecidos. “No
tiene mucho valor artístico”, me dice el vendedor,
“pero es un valor documental, para la memoria, pues”.
Dos días después, recorro la propia Plaza y reconozco
el pañuelo pintado. Llego más tarde al Senado y unas
cuadras más allá visito el Archivo de la Comisión
de la Verdad Argentina (Conadep), que en la actualidad sigue recogiendo
denuncias de personas desaparecidas o torturadas durante la dictadura.
“Mi sobrina es una chica restituida gracias a las abuelas
de la Plaza de Mayo”, me explica una amiga, "fue secuestrada
cuando tenía dos meses y la recobramos a los ocho años”.
Unos días después voy a dictar una conferencia en
la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y una colega
me muestra una placa con los nombres de los estudiantes desaparecidos.
“Mira", me dice, "la placa es de 1997 recién,
pero ahí está”. Me cuentan del famoso "escrache",
esto es, la denuncia publica de la gente que se reúne frente
a la casa de los violadores de derechos humanos e informa claramente
sobre sus crímenes, en voz alta, con pancartas y señales.
Visito instituciones de derechos humanos y recojo información
sobre los juicios de la verdad, la discusión sobre las leyes
de punto final y obediencia debida, la imprescriptibilidad de los
crímenes de lesa humanidad, todos temas vigentes en el proceso
argentino.
Durante los días en Buenos Aires he ido comparando mentalmente
la memoria argentina con nuestra capacidad de olvido que hace que
aún no seamos conscientes de las dimensiones de horror de
lo que vivimos y, lo que es peor, no pensemos seriamente en hacer
algo para reparar a las victimas. Converso con amigos, entrevisto
colegas, pregunto a la gente, todos tienen una versión de
los hechos pero nadie niega lo sucedido. Una frase, soltada al pasar,
retumba en mi mente: “La gente salía a reclamar con
las abuelas y las madres de la Plaza de Mayo porque era como si
tu abuela y tu madre saliera”. Pienso entonces en las madres
ayacuchanas, en polleras y con trenzas reclamando durante años
sin que nadie las escuche y una dolorosa luz se enciende en mi mente.
Pienso también en las madres de la Cantuta y en el dolor
ante el vergonzoso fallo de la Corte Suprema de Justicia Militar
que -a un año de la entrega del Informe Final de la CVR-
exculpa a los responsables de la matanza. No es sólo la capacidad
de olvido. No es la falta de dinero para las reparaciones individuales.
No es sólo el tiempo transcurrido.
Es que no nos terminamos de creer que las victimas también
eran peruanos y peruanas, es que no las vemos como nuestras madres
ni nuestras abuelas y es que, finalmente, seguimos marcando las
diferencias.
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