Cotidianeidad
y violencia sexual durante el conflicto armado
Narda Henríquez*
En una guerra hay personas
concretas, rostros, nombres, acontecimientos que no debemos olvidar.
Cada muerte cuenta, cada desaparición duele. En el caso peruano
la Comisión de la Verdad y Reconciliación registró
más de veintidós mil muertos y desaparecidos pero
estimó que serían más de sesenta mil varones
y mujeres.
Pero el conflicto no
es solo aquel que se presenta en las usuales narraciones épicas
sino que penetra en la vida cotidiana. En el caso peruano esta cotidianidad
se desenvolvió en un contexto caracterizado por la ausencia
de instituciones públicas cercanas y donde las poblaciones
solo cuentan con sus propios recursos y capital cultural. Y es precisamente
en el terreno de la vida cotidiana, muchas veces invisibilizado,
donde se desenvuelven principalmente las mujeres.
Durante las acciones
armadas las mujeres sufrieron diversas formas de violencia, pero
fue la violencia sexual, que incluía desde el asedio, hasta
la mutilación y la violación sexual, es una práctica
vejatoria que estuvo destinada principalmente a las mujeres. Esta
práctica fue generalizada y tolerada entre los diversos sectores
del conflicto y vista como una falta menor.
Si bien es cierto que
hay continuidad entre las prácticas usuales de violencia
sexual y las practicadas en períodos de conflictos armados
existen diferencias. En primer lugar se trata de prácticas
infringidas en escenarios en donde están las armas de por
medio, por tanto hay riesgo de vida, la propia o la de familiares.
El poder de las armas equivale a la ley del más fuerte, se
pueden tomar pueblos, casas y cuerpos, hay una apropiación
de la sexualidad y una invasión del mundo privado de las
familias.
En segundo lugar, la
violación sexual se dio en un clima de permisividad e impunidad.
Las violaciones de adolescentes, viudas, embarazadas, han sido en
muy pocos casos sancionados. No sólo fue un acto individual
sino parte de una trama de relaciones, en las que la permisividad
de los superiores implica responsabilidades institucionales, sobre
todo si tomamos en cuenta que en muchos casos estas violaciones
se produjeron en bases militares o centros penitenciarios.
En tercer lugar, la
violencia sexual durante el conflicto no fue un tema prioritario
en la agenda de las organizaciones por los derechos de las mujeres
que se concentraron inicialmente en iniciativas legislativas respecto
de la violencia contra la mujer y los derechos sexuales y reproductivos.
Con excepción del apoyo al caso de Georgina Gamboa, quien
había salido embarazada como producto de una violación
en 1983, no hubo un trabajo sostenido que enfrentara la violación
sexual que sufrían las mujeres durante el conflicto. El Informe
CVR muestra otros casos como el de Magdalena Monteza y las violaciones
sexuales en el Distrito de Manta, Huancavelica.
Por último,
como lo ha constatado la CVR, las propias mujeres frente a la pérdida
o desaparición de sus seres queridos muchas veces restaban
importancia a las violaciones sufridas en carne propia.
La violencia política
se instaló en la vida cotidiana, las armas en la cotidianeidad
durante varios años. En medio de masacres y violaciones,
enfrentamientos y huídas, las mujeres debieron seguir cuidando
a niños y ancianos, produciendo mientras podían, cuidando
sus tierras y animales. Aún cuando participaran en la autodefensa
las mujeres siguieron a cargo del cuidado de las familias. Viudas
o casadas debían llevar la comida a los ronderos, escapar
a las cuevas cuando acecha el enemigo, vigilar, y; en algunos casos
aprenden a usar armas mientras cantaban un qarawi .
Frente a esta situación
no podemos permanecer indiferentes y debemos respaldar las recomendaciones
de la Comisión de la Verdad y Reconciliación respecto
a las poblaciones que han sufrido violaciones a sus derechos humanos,
en general y a este tipo de violencia contra la mujer en particular.
Asimismo debemos trabajar para que las nuevas generaciones tengan
más oportunidades y para que la historia no se repita.
* Catedrática,
Universidad Católica
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