
El derecho
a ser diferente
Carmen Ollé (Demus)
No sé si Lima,
como megalópolis, pueda verse como una ciudad moderna, entendiendo
por modernidad haber asumido como punto de partida de nuestra vida
diaria el respeto por los demás. En nuestro país,
especialmente en la capital, ser gay o lesbiana no solo sirve para
burlarse en los programas cómicos sino para discriminar y
vulnerar los derechos humanos. Si bien es cierto que, en comparación
a épocas pasadas, la población civil está más
organizada y dispuesta a alzar su voz contra la violencia hacia
las mujeres, la corrupción, el abuso contra las minorías
étnicas y en la actualidad se han instalado mesas de debate
y lucha contra el racismo, sobre los derechos sexuales y derechos
reproductivos o contra la pobreza, hace falta mayor conciencia de
parte del ciudadano de a pie, sobre todo de las autoridades y operadores
de justicia.
El respeto y la aceptación
del otro no solo tienen que ver con la tolerancia, un término
complaciente que no significa necesariamente valorizar al otro en
su diferencia. De hecho, la tolerancia es buena porque es un freno
a la violencia, aunque lo ideal sería poder proyectarnos
en una sociedad donde ser gay o lesbiana no nos escandalice, constituya
una manera de vivir la sexualidad con naturalidad y no sucedan hechos
como los siguientes:
El lunes 6 de marzo,
el activista gay Chrisstian Olivera fue agredido verbal y físicamente
cuando se disponía a ingresar al segundo piso del inmueble
ubicado en Lima donde su pareja alquila una habitación hace
más de un año. El propietario le impidió ingresar
porque estaba “harto de ese tipo de personas” y Olivera no tenía
derecho a poseer las llaves de acceso a la habitación, por
lo tanto debía entregárselas. Días después
fue el sobrino quien no solo le propinó varios golpes en
el rostro a Olivera sino que lo amenazó de muerte.
El asunto no queda
ahí, pues Olivera también ha sido víctima de
los prejuicios y la discriminación por parte del sistema
policial. El mismo policía que lo atendió en la primera
denuncia ante la Comisaría, y que no quiso registrarla en
un primer momento, salió en defensa del propietario al considerar
que el denunciante había ofendido a su agresor al referirse
a él como un “sujeto”. Con la excusa de que “la Policía
tiene mejores cosas que hacer”, trató incluso de eludir sus
obligaciones, como tomar las acciones para hacer efectivas las garantías
personales que Olivera había solicitado ante la Prefectura.
El comentario y trato
de la policía nos hace pensar en los resultados de una encuesta
a nivel nacional sobre exclusión y discriminación
social realizada por encargo del Estudio para la Defensa de los
Derechos de la Mujer a principios del año pasado, según
la cual existe una alta intolerancia de los peruanos hacia expresiones
de la sexualidad no heterosexuales; solamente el 10% de la población
respeta la posibilidad de que existan relaciones sexuales entre
personas del mismo sexo, mientras que el 59% no reconoce iguales
derechos para las personas LGTB (Lesbianas, Gays, Trans y Bisexuales).
De acuerdo al estudio realizado por David Sulmont : “Los homosexuales
son considerados por los encuestados como uno de los grupos que
tienen mayores limitaciones para hacer valer sus derechos en nuestro
país. En general existe una marcada condena a las relaciones
sexuales homosexuales, ya sea entre hombres homosexuales o entre
mujeres lesbianas.” La lucha contra la homofobia pasa por revisar
el lenguaje y los mensajes en los medios de comunicación,
talk shaws, y la discriminación en los operadores de justicia.
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