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Política
con aroma de mujer
Julissa Mantilla Falcón
Que
la campaña electoral iba a desarrollarse en el medio de agravios
y acusaciones, era de esperarse. Abrumados por las encuestas, los
candidatos y sus partidarios utilizan todos los medios posibles
para descalificarse unos a otros, en ese afán desesperado
de recolectar hasta el último voto posible. En medio de esta
batalla electoral, los estereotipos de género han estado
a la orden del día.
Así
por ejemplo, el padre del candidato Ollanta Humala se refirió
hace unos meses a la candidata Lourdes Flores como una “digna representante
del sexo femenino, una solterona a la que no se le pueden sacar
los trapitos al sol”. Del mismo clan, Nadine Heredia, la esposa
del candidato Humala, refirió que no se podían comparar
las opiniones de una mujer soltera con las de una mujer casada.
En el mismo sentido se pronunció la candidata fujimorista
Martha Chávez, mientras que la Primera Dama, Eliane Karp,
con el “estilo” que la caracteriza, “invitó” a la candidata
de Unidad Nacional a dar a luz en las mismas condiciones que las
mujeres rurales peruanas.
Ahora
bien, si se revisa la Constitución, el artículo 110
establece como requisitos para candidatear a la Presidencia de la
Republica el haber nacido en el Perú, tener más de
treinta y cinco años de edad al momento de la postulación
y gozar del derecho de sufragio. En ningún momento, se exige
que el candidato o candidata se haya casado o que haya constituido
una familia. No es, entonces, una preocupación constitucional
la que inspiró las críticas referidas. Asimismo, cabría
preguntarse por qué no existen comentarios sobre el “divorciado
de aca” o al “conviviente de más allá” y la mención
del estado civil sólo se centra en la candidata mujer.
Claramente,
estamos frente a un ejemplo del machismo y discriminación
existentes en nuestra sociedad, donde las mujeres tienen que ser
perfectas casadas, nobles madres de familia y ejemplos de sacrificio
y pureza permanente para poder recibir la aprobación general.
Y, claro, cuando una mujer decide optar por una vida diferente y
participar en política, se altera la “normalidad”. Recuerdo
en este momento el debate parlamentario sobre la ampliación
de la Ley de Cuotas del año 2000 donde el congresista Luis
Solari recalcó que su bancada estaba totalmente de acuerdo
conque más mujeres participaran en política pero de
manera voluntaria, esto es, “que nadie las obligue a abandonar sus
casas para dedicarse a la política ni a ninguna otra tarea”.
La
participación política así como el elegir y
ser elegidos, es un derecho de hombres y mujeres, que no debe estar
limitado por visiones tradicionales ni por esquemas retrógrados.
Si la vida privada de las mujeres que participan en política,
sus opciones personales y sus decisiones de vida son cuestionadas
en la esfera pública, se está atentando contra este
derecho. La maternidad no es una obligación para las mujeres
y nadie será mal gobernante por no haber formado una familia
ni haber tenido hijos. Para ello, revisemos nuestra historia reciente
donde todos los presidentes han sido hombres casados y padres de
familia, lo cual no los hizo buenos gobernantes, por decir lo menos.
Si
bien en este caso, las actitudes negativas provinieron de particulares,
el Estado debe actuar a través de sus instituciones para
evitar que esto suceda, a tono con sus obligaciones internacionales
en materia de derechos humanos y de lucha contra la discriminación
contra las mujeres en la participación en la vida política
y pública del país. |