¿Qué
piensa el Papa Benedicto XVI de las mujeres?
Carmen Ollé
(DEMUS)
En realidad no hubo sorpresas en la rápida designación
del cardenal Joseph Ratzinger como Papa. Las apuestas lo señalaban
como el favorito, pese al reclamo de los fieles latinoamericanos
y africanos por un Papa que los represente. Lo cierto es que en
menos de lo que canta un gallo ya había fumata blanca, campanadas
y una gran ovación, la de una multitud congregada en la plaza
San Pedro, como si hubiéramos vuelto a la Roma antigua, para
escuchar los gritos destemplados de “Ave César”,
“Ave César” de una muchedumbre exaltada, que
casi sume en el caos a la capital de Italia. Además, desde
la muerte y las exequias de Karol Wojtila fueron días de
cantos y letanías en latín, en los que se resucitó
una bella lengua muerta llena de reminiscencias imperiales.
En medio de tal aclamación
-que todos las televisoras del mundo reprodujeron en una performance
mediática sin parangón- el martes 19 de abril a las
18:43 hora de Italia, se anunció que el nuevo Papa era el
cardenal alemán Joseph Ratzinger y que había adoptado
el nombre de Benedicto XVI. Entonces aquel anciano bien cuidado
de 78 años asomó su cara rosada y extendió
sus manitas blancas con timidez pero con la emoción de quien
no sólo se concibe como el sucesor de Pedro sino como un
emperador romano. Sin embargo –y esperamos que esto se cumpla-
el mandato del actual Papa debe darse en el terreno de las creencias
religiosas y no en el de la política. Eso es lo deseable.
Los fieles católicos tienen derecho a defender su fe, pero
el Papa no lo tiene para inmiscuirse en otro terreno que no sea
el de la alegoría divina.
Ya sabemos que históricamente nunca fue así, a lo
largo de la historia los Papas siempre protagonizaron riñas
políticas y su poder se extendió más allá
de los predios celestiales.
Se dice que Benedicto XVI, más que un pastor es un intelectual,
un teólogo brillante. Que dios nos coja confesadas a las
mujeres, porque un intelectual brillante era lo que nos faltaba
para proveer a sus seguidores fundamentalistas de los argumentos
teóricos para defender la Doctrina de la fe, que en otras
palabras no es sino el Santo Oficio reciclado, pero sin hogueras
reales para quemar a los infieles, salvo las simbólicas que
a veces trascienden su poder retórico y echan verdaderas
fumatas negras, sobre todo cuando prohíbe la sexualidad libre
y responsable de hombres y mujeres, las familias homosexuales, el
divorcio, etc.
la Iglesia católica cree que las mujeres deben seguir en
su rol de subordinadas y ciudadanas de segunda. Ignora que las mujeres
son profesionales, estudiosas, científicas y tienen otras
perspectivas para desarrollarse como personas.
De otro lado, Benedecito XVI es considerado el guardián del
dogma de la fe católica, algunos ya lo llaman el Papa de
hierro, y es conocida su oposición a la unión matrimonial
entre homosexuales y lesbianas. Se opone a la despenalización
del aborto, al uso de preservativos y rechaza el ordenamiento de
las mujeres como sacerdotes.
No es de extrañar la misoginia entre la iglesia, ya en el
entierro de Juan Pablo II nos impresionó la ausencia de mujeres
en el ritual. Si afuera, en la plaza, las mujeres creyentes en mayoría
seguían paso a paso la agonía y muerte del antecesor
de Ratzinger, entre la curia de la Santa Sede brillaban por su ausencia,
¿no es acaso una contradicción?
Otro asunto es la ingenuidad de los mismos creyentes latinoamericanos,
quienes durante el proceso de la elección de Benedicto XVI
clamaron por un Papa para la región. Pero los analistas ya
habían hecho sus predicciones: dentro de la Santa Sede también
tiene lugar la desigualdad política y lucha de poderes entre
Norte y Sur, como en la política internacional. Por otra
parte, los cardenales latinoamericanos que conformaron el cónclave
eran tan conservadores como el resto de prelados. Todo indica que
la gestión del actual Papado seguirá por ese sendero
oscuro y conservador, el de la negativa rotunda para adaptarse a
los cambios del mundo. Hay que estar alertas para defender en nuestro
país –ya bastante amenazado por congresistas y ministros
de credos fundamentalistas- el Estado laico, y dejar al Papa en
su trono celestial.
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