Por qué
un Estado laico es lo mejor para
mujeres y hombres
Carmen Ollé
El nombramiento a mediados
de abril del cardenal alemán Joseph Ratzinger como Papa Benedicto
XVI tiene serias implicancias dada su trayectoria como guardián
de la Doctrina de la fe. Para el movimiento feminista y en general
para todas las mujeres este hecho significa que la lucha por un
verdadero Estado laico se hará más ardua y duradera
en el Perú.
Incluso para los creyentes el nombramiento del cardenal alemán
como nuevo pontífice echa por tierra –a decir de la
historiadora española Patricia Martines i Alavarez–
la posibilidad de la Iglesia de conectarse con el mundo y de responder
a un clamor al interior de su feligresía, como es dar luz
verde al sacerdocio femenino o eliminar el cuestionado celibato.
Pero también y sobre todo Benedicto XVI significa para las
mujeres perpetuar una serie de ideas conservadoras sobre los derechos
sexuales y reproductivos.
En América latina
la democracia y una estabilidad política de largo alcance
sólo se han logrado según el sociólogo Guillermo
Nugent “ahí donde se pudo poner a raya al clericalismo
y se procedió a una radical reestructuración del ejército”.
No se trató de una estabilidad dictatorial sino de una mayor
sensación de autonomía colectiva.”
Para Paul Flores activista del Grupo Contranaturas, el proceso de
la construcción de la masculinidad a la sombra de los discursos
hegemónicos de la Iglesia y el militarismo ha significado
a lo largo del tiempo una amenaza a la integridad tanto física
como mental de miles de personas que no se “inscriben dentro
de los cánones heterosexistas del ser hombre y ser mujer”,
producto de un discurso patriarcal que a lo largo de la historia
permitió a la Iglesia considerar las relaciones sexuales
entre hombres, como formas “abominables” de sexo no
reproductivo.
Según Ivana Calle del movimiento Católicas por el
derecho a decidir: “Un Estado laico es aquel donde los puntos
de vista de la Iglesia, en nuestro caso la Católica, no se
ponen delante de la formulación de las leyes, nacionales
e internacionales, ni en la formación de políticas
relacionadas a la cooperación para el desarrollo, ni en la
resolución de conflictos sociales; ello supone, por supuesto,
madurez democrática y altos niveles de eficacia y eficiencia
en su administración”.
No hay un largo trecho
entre el islam y el catolicismo, como generalmente se cree. Y es
que ambas religiones tienen un origen común, señala
bien Luis Racionero, autor de “Oriente- Occidente”,
para quien la religión musulmana se puede considerar una
herejía del cristianismo, debido a que la filosofía
y ciencia griegas forman parte tanto del conjunto de bienes morales
o culturales de los musulmanas como los occidentales. Y tratándose
de leyes religiosas, en qué radica la laicidad y democratización
de Oriente Medio según el gobierno norteamericano, si para
la administración Bush el laicismo no entra en sus planes,
se preguntan los principales historiadores y juristas como Emilio
Campmany. Mientras los irakíes claman por un Estado laico,
Bush no exige que estas sociedades deban renunciar a que sus ordenamientos
jurídicos se inspiren en el islam y la Sharia (la ley islámica).
Los irakíes progresistas creen por el contrario que el debate
de la democratización de Irak y de Oriente Medio pasa por
desconocer la Sharía como principal fuente legal. “Washington
no cree que se deba considerar al islam y a la Sharía radicalmente
incompatibles con la democracia siempre que se esté dispuesto
a aceptar que es posible que la misma florezca en una sociedad con
tradiciones muy diferentes a las nuestras”, escribe Campmany.
¿Hipocresía imperialista, acaso? O nueva estrategia
geopolítica para reformar sin cambiar en esencia nada?
Un auténtico Estado laico en nuestro país nos asegurará
detener el avance de los integristas católicos y otras sectas
infiltrados en el gobierno.
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