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‘Porque el fútbol
nos une’
Violeta Barrientos
Silva (escritora)
Las frases publicitarias
ya empiezan a circular en los días de la Copa América.
El fútbol es hoy toda una serie de fenómenos sociales
a partir de un match*.
Hay deportes de equipo
que reúnen masas en otros países: el béisbol,
el básquet, el rugby; hay deportes más bien de élites:
el polo, el golf, el tenis. Los primeros generan lo que el deporte
moderno, un ambiente de ‘democratización’, de
igualdad; los segundos, como los placeres anteriores al deporte
masivo en el siglo XIX, son diversiones caras destinadas a mantener
grupos cerrados y pequeños.
En un partido de fútbol,
tanto espectadores como jugadores se reúnen a jugar o a ver
como si fueran uno solo. Sobre todo si se trata de selecciones nacionales.
La selección francesa campeona el 98 era un patchwork de
todas las sangres donde quedaban olvidados los racismos o clasismos
que suelen reforzar las rivalidades entre algunos clubes.
Esta ‘ilusión
democrática’ generada por el deporte ha sido capitalizada
por muchos regímenes alicaídos en popularidad en el
mundo. El Scratch de Pelé era utilizado para revertir el
descontento popular ante la dictadura militar del Brasil. Un equipo
de fútbol o cualquier otro deporte masivo es el espejo de
quienes dice representar. Si es al Perú, habrá noventa
minutos de magia en los que seremos transportados a la creencia
de que todos, excluidos sociales o no, hacemos parte del equipo.
Además de esa
utilidad política, es conocida la utilidad económica
de un partido de fútbol. La euforia vende. Venden las grandes
tiendas y las más pequeñas, todo lo que se asocie
al fútbol durante un torneo será tocado por la varita
mágica del entusiasmo. El fútbol fabrica ídolos,
al igual que el cine o los conciertos de música popular.
El género es el mismo, se trata de espectáculos masivos.
No son raros hoy por hoy, los romances entre futbolistas y modelos,
cantantes o vedettes, o encontrar a un futbolista modelando ropa
masculina. Los ídolos, sinónimo de dioses, tienen
ese poder divino que podría por lo tanto, hacernos sacrificar
algo más allá de nuestro presupuesto para lograr tocar
la puntita de sus pies.
Desde hace unos años,
el fútbol ha generado otro fenómeno más. Ha
traído consigo la violencia entre bandos o pandillas. Tradicionalmente,
éste ha sido un deporte de machos, jugadores y espectadores.
En un ambiente de efervescencia donde la violencia en el campo es
canalizada por las reglas de un juego, la violencia sin normar es
la del espectador, aquel que recibe sobre sí el efecto del
espectáculo: la emoción. Esta emoción toma
hoy un cauce violento. Grupos empobrecidos, provenientes de familias
donde la violencia es cotidiana o el respeto entre unos y otros
es poco, no hacen sino desbocarse usando de pretexto ese momento
en que todo se idealiza y en el que ‘todos somos uno’.
Si es tan fácil borrar las barreras sociales, por qué
no sería fácil saltar las barreras de conductas asociales?
Así el deporte
de hombres, se convierte en una bronca de machos en las calles.
La lucha entre bandos se hace una demostración de fuerza
y de lucimiento en la pelea. Todo aquel que no sea identificado
como igual al bando en las calles será arrasado por ellos,
será el equipo contrario.
*La autora fue articulista
social para la prensa mexicana durante el Copa mundial Francia 98. |