
Lolita:
¿seducción o pedofilia?
Carmen Ollé
La primera impresión
que tuve de “Lolita”, la famosa novela de Vladimir Nabokov
(Rusia 1899- Suiza 1977) hace muchos años estuvo marcada
por la personalidad cínica y simpática del profesor
Humbert Humbert, protagonista y alter ego de Nabokov, obseso entomólogo
y coleccionista de mariposas, y la de Lolita, una chiquilla vulgar,
distraída y poco inteligente, muy parecida a otras protagonistas
de la narrativa norteamericana, aunque sin ese halo de misterio
y ternura que tienen las adolescentes de las novelas europeas del
este: la Sosha de Singer o la misma Mashenka de Nabokov, escrita
desde su exilio en Berlín.
He vuelto a leer “Lolita” (1955) y la primera opinión
que tengo como lectora tiene que ver con que mi gusto ha cambiado
o me he vuelto más impaciente. Hay que tener en cuenta que
el estilo de la novela contemporánea ha cambiado también.
En la primera mitad del siglo los parlamentos eran extensos, densos
y la acción casi mínima. Autores que hace años
me parecían ágiles se tornan hoy de difícil
lectura. La misma Lolita resulta agotadora por las digresiones del
narrador que retrasan la acción. De otro lado, la narrativa
de fin de siglo se ha nutrido de la novela policial y actualmente
los diálogos son mas funcionales y cortos, y la acción
sobresale por ser rápida y efectiva.
Lolita tiene dos partes:
la primera arranca en París donde se narran algunas historias
de los exiliados rusos y la de las amantes del profesor Humbert,
y continúa en una pequeña ciudad de Estados Unidos
en la que se definirá su destino de pedófilo.
La historia empieza realmente en el momento en que el escritor Humbert
llega a la casa de la madre de Lolita para alquilar un cuarto. Desde
el inicio se nota que Humbert ingresa a una vivienda descuidada
donde viven dos mujeres solas: Charlote Haze y su hija, una niña
de doce años.
Cuando Humbert ve
a la madre, el profesor que ya había mostrado anteriormente
su misoginia manifiesta su rechazo por las mujeres mayores y ubica
a Charlotte dentro de la especie despreciable de seres sin sentido
del humor, indiferentes y absolutamente convencionales.
Humbert es un pedófilo
con inclinaciones homosexuales que sufre ataques de melancolía
y angustia cuando está lejos de las nínfulas (así
llama a las niñas de doce o trece años). Desde el
principio sabemos que fue arrestado por asesinato y perversión.
En el diagnóstico médico consta como homosexual en
potencia e impotente total.
Cuando el profesor
Humbert mira por primera vez a Lo sufre un sobresalto, ella le recuerda
a otra niña ya fallecida que conoció cuando era un
adolescente en Europa:
"Era la misma
niña: los mismos hombros frágiles y color de miel,
la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño.
Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis
viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los
senos juveniles”.
Desde el encuentro
de los tres: Humbert, Charlotte y Lo sale a relucir la relación
conflictiva que hay entre madre e hija. Entre ambas no existe un
gran afecto.
El desorden de la
casa refleja su vida sin ambiciones: la adolescente en el jardín
tomando sol, indiferente a las tareas domésticas, como una
mascota a la que su dueña no presta atención.
Rápidamente
madre e hija se vuelven rivales por culpa del inquilino. Observamos
a Charlote tratando de alejar a su hija de la casa (logra enviarla
a un campamento) y haciendo, incluso, gestiones para internarla
en una escuela. Para su madre, Lo ya había sido mala cuando
sólo tenía un año.
Ante la visión
de la nínfula, Humbert sufre los efectos de un arrebato pedófilo
y la embriaguez del deseo lo transforma en un niño: ”Mama
Haze, Dolores y yo, dice, vamos a pasear. ..Nunca he experimentado
tal agonía. Me gustaría describir su cara, sus manos...y
no puedo, porque mi propio deseo me ciega cuando está cerca.
En un repentino afán
por justificar su obsesión, el narrador nos dice que la edad
media de la pubertad femenina se ha fijado en los 13 años
y 9 meses en Nueva York y Chicago. La edad varía -dice- según
los casos individuales. Y cita a algunos hombres mayores que se
enamoraron de chicas de 14 años.
H.H cree poseer las características que según los
estudiosos suscitan reacciones perturbadoras en una chiquilla: mandíbula
firme, mano musculosa, voz profunda y sonora, hombros anchos. Además
de cierto parecido con un cantante de moda del que Lo es fanática.
Lolita coquetea desde
el primer momento con Humbert. En el texto se dice que ella "traveseó"
un buen rato con él. Ambos juegan a tocarse. A veces da la
impresión de que Lolita se da cuenta de que cada gesto, movimiento
o ademán que hace para tocar al profesor despierta en él
el deseo. Por ejemplo, cuando le toma la mano, o cuando deja que
H.H. la tenga agarrada y permite que le pase la lengua por el ojo
para extraer una basurita. Y cada vez Lo es más osada, llega
hasta sentarse en sus rodillas. Sólo después nos enteremos
de que ella ya había tenido experiencias sexuales con jóvenes
de su edad. Podría ser que el despertar hormonal de la niña
fuera tardío y que a los doce o trece años Lo no menstruara.
Sólo una vez H.H. se pregunta si la naturaleza la habrá
iniciado ya en el Misterio de la Menarca; que también llama
Maldición gitana, aunque después no se ofrecen mas
datos al respecto. Una se hace la siguiente pregunta: ¿Por
qué a H.H. se le ha pasado por alto un dato tan importante?
Incluso cuando ya ha muerto la madre, H.H. no menciona jamás
en su vida marital con Lolita nada sobre sus periodos menstruales.
Lolita sigue siendo para él una nínfula. No se transforma,
solo crece unos centímetros, y se hace más fuerte
o fornida al final de la novela.
Tal vez en un primer
instante hay que tomar la atracción que manifiesta Lolita
por H.H. como una reacción en contra de la madre. De ahí
su rechazo por el matrimonio de los dos y la acusación de
alta traición que le echa en cara a su padrastro después
de la boda.
También podríamos
describir la actitud coqueta de Lo como un amor infantil sin deseo
o como uno que aún no se declara plenamente erótico.
Una niña que juega a ser una mujer mayor, que usa pintura
labial, esmalte de uñas, también juega a ser amante,
aunque sin mucha conciencia de ello.
Las críticas
que se han hecho a Lolita dicen lo contrario; examinan su comportamiento
como el de una ninfa demoníaca y seductora, comparándola
con otras inventadas por la literatura. En el año 1979, por
ejemplo, Rafael Humberto Moreno Durán destaca entre la obra
de Nabokov otras niñas en Ada o el ardor y en La dádiva).
Afirma que el tema de la ninfofilia ha estado presente siempre en
una extensa parcela de la literatura universal y, más allá
de las consideraciones morales, ha contribuido a conformar una valiosa
mitología: “ Dante se enamoró de Beatrice cuando
esta tenía sólo nueve años de edad; Petrarca
amó los doce años de su Laura; Novalis nutrió
la poesía de su obra a partir de los doce años de
Sofía von Kühn, Heinrich von Kleist inclinó su
soberbia ante los trece años de Louise Wieland, Edgar Allan
Poe se enamoró de los trece años de Virginia Clem;
Lewis Carroll no ocultó su entusiasmo por los doce años
de Alicia Lidell”.
Pero en los amores de la Edad Media la malicia está ausente.
Son amores gentiles, caballerescos, inspirados en una amada lejana
e inalcanzable.
Rafael Durán compara las niñas de Nabokov con las
de Carroll, y encuentra que no hay nada más opuesto. Las
de Nabokov son maliciosas de modo innato y las de Lewis Carrroll
cándidas inocentes y pasivas. Dice que en Nabokov hay reciprocidad
de afecto con su partenaire, mientras que a las niñas victorianas
de Carroll les importa un bledo el sospechoso interés y la
cortesía del reverendo. Durán tiene razón al
tender un puente entre el sátiro y la ninfa de Nabokov y
la obra plástica de Balthus, que representa niñas
lánguidas, abandonadas a la voluntad de hombres y mujeres
mayores. En el abandono y placidez de las niñas de Balthus
se nota el placer. En Lolita, por el contrario, no contamos con
datos precisos para describir su goce, sólo sus travesuras
y coqueteos. Pero suponemos que ese juego infantil tendría
que haberse transformado en una relación sexual madura durante
los años errabundos que siguieron a la muerte de la madre,
en los que H.H. y Lo tuvieron mayor intimidad.
Sin embargo, en la
obra se omite cualquier dato que revele el goce de la joven. Ni
un sólo gemido de placer en Lolita, como si no se hubiese
producido cambio hormonal alguno. Y es que el deseo onanista de
H.H. necesita a Lo más bien dormida inerme, sin sentido,
y por qué no, hasta muerta. En cierto momento de la novela
piensa en atiborrarla de somníferos. Y, en efecto, lo hace.
En ese sentido, poco
podría interesarle al profesor provocar el placer en su niña-mujer,
ya que él y su Lo son uno solo, no una pareja.
* Nabokov Vladimir, Lolita, Ediciones,
Oveja Negra, Seix Barral, Madrid 1983, 304pp.
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