¿Son los hombres mejores
seres humanos que las mujeres?
Sobre la misoginia y la satanización del placer femenino
Carmen Ollé (Demus)

Hombre y mujer no son iguales, son las dos formas de la identidad humana, dice María-Milagros Rivera en “El fraude de la igualdad”, un libro apasionante y polémico, escrito por esta historiadora española especialista en el Medioevo, y es que el concepto de igualdad tiene una larga historia capaz de conmovernos.

La primera fue la teoría de la complementariedad de los sexos según la cual ambos sexos se consideraban iguales en valor pero diferentes; predominó en Europa durante el siglo XII y parte del XIII, y significó libertad y conocimiento para las mujeres; fue la época de la gran mística femenina.

A mediados del XIII se instaló la teoría llamada la polaridad entre los sexos, de raíz aristotélica; de acuerdo a ella los hombres son superiores a las mujeres, idea que dio pie a una profusa literatura misógina y a la persecución de toda mujer sabia y creativa.

Con el apogeo del Humanismo, considerado, con el Renacimiento, época de progreso para la humanidad, se impuso la tercera manera de ver la relación entre los sexos, la de la unidad, por la que hombres y mujeres somos iguales, no diferentes. Aclara Rivera que aunque “es una propuesta progresista frente a la misoginia de la teoría de la polaridad de los sexos, es, sin embargo, retrógrada frente a la de la complementariedad, porque cierra los espacios de expresión de las dos formas, femenina y masculina, en que se muestra, solo y siempre la identidad humana en el mundo”.

El escritor español Juan José Millás pone un ejemplo ilustrativo para explicar cuan arraigada está la misoginia entre las gentes, con qué naturalidad se la toma ya que ni se percibe como perniciosa, además de desembocar en el feminicidio (asesinato de mujeres por sus parejas y/o ex parejas).

“Hagamos (...) (un) ejercicio imaginario con un nazi que publicara un libro de cuentos –dice Millás- cuyos protagonistas gasearan judíos; con un racista cuyos personajes asesinaran negros; con un homófobo en cuyos relatos se maltratara a los homosexuales... ¿Seríamos tan solidarios con el terrorismo de ficción y el nazismo de ficción y el racismo de ficción y la homofobia de ficción como con la misoginia de ficción? Lo dudo. El problema es que mientras no nos demos cuenta de que las mujeres son al misógino lo que al español al etarra y lo que el judío al nazi y lo que el negro al racista y lo que el homosexual al homófobo, es decir, mientras la misoginia no nos produzca el mismo espanto que el terrorismo, el nazismo, el racismo y la homofobia, las mujeres continuarán cayendo como moscas.”

Si repasamos algunas frases a lo largo de la historia escrita por sabios y artistas, nos daremos cuenta que la misoginia: odio y desprecio hacia las mujeres, siempre existió y fue la principal causa de la dominación ejercida sobre las mujeres como objetos sexuales, fuentes de reproducción y administradoras de hogar.
Una posible explicación se debe a que en épocas antiguas la religión era la única fuente para alcanzar el conocimiento, aliada con una ciencia a su servicio. Para la religión, las mujeres eran brujas, débiles, seres sin voluntad ni capacidad para hacer justicia y de menor inteligencia que el hombre.

Pasado el tiempo el desarrollo de la teoría de la evolución y la paleo antropología nos invitan a contemplar con nuevos ojos a hombres y mujeres.
Si hoy persisten estos mismos prejuicios es por ignorancia. Incluso sobre el dimorfismo, la diferencia entre el tamaño del cerebro entre hombres y mujeres, el antropólogo español codirector del proyecto Atapuerca, Juan Luis Arsuaga afirma en un libro best seller “El collar del Neandertal” (2003) que: “En promedio, y a igualdad de peso, el cerebro de un varón es unos 100cc mayor que el de una mujer, pero que nadie se altere, porque esa diferencia no tiene nada que ver con las funciones mentales llamadas superiores (las capacidades cognitivas). La prueba es que en los macacos, que carecen de la inteligencia humana, también se dan disparidades entre los sexos de la misma proporción. Podría guardar relación con la capacidad de procesar información visual y espacial, que aparentemente es superior en el sexo masculino en nuestra especie, y quizá también entre los macacos”.

Pero donde mejor se define el error de un credo contra espiritual es en la relación que tienen la religión cristiana y casi todas las religiones monoteístas con el cuerpo, en especial con el cuerpo de la mujer. En una palabra, en su persecución histórica al placer del cuerpo, al cuerpo del amor.
Incluso el budismo puede ser misógino y repeler a la mujer como criatura impura. Entre los monjes budistas japoneses que aspiraban a la momificación en vida hay una leyenda de un santo que al retirarse a meditar en su ermita encontró a una mujer. Cuenta la leyenda que el monje se cortó con su cuchillo los testículos, se los entregó a la mujer y salió huyendo.

¿Por qué satanizar el placer del cuerpo en nombre del placer espiritual? La religión y la ciencia clásica cometieron el equívoco de dividir el cuerpo en dos territorios irreconciliables: el cuerpo (la materia) y el espíritu (lo inmaterial).

Qué es el espíritu sino el sistema psicológico humano (o self), la conciencia de sí, sus habilidades intersubjetivas que, como señalan los científicos son producto de los cambios del cerebro desde hace 2 o 2,5 millones de años, tales como “la capacidad de imitación, el reconocimiento facial, un tipo de comunicación pre-verbal entre madre y cría, y otras”(...) “Al poner en práctica estas habilidades, surge un medio social intersubjetivo humano, diferente al resto de las especies.”, escribe Felipe Lecannelier en “Evolución y desarrollo del self”.

De otro lado, el antropólogo José Luis Solana de la Universidad de Granada, afirma que “Todo comportamiento humano es resultado de las interacciones entre varios componentes (genético, cerebral, sociocultural), es fruto de la interacción entre componentes biológicos y culturales; el hombre (y la mujer) es un ser biocultural.

Todo ello se expresa en el cuerpo como producto final de una evolución de millones de años. ¿Cómo negar el placer entonces, si gracias a él no sólo hemos sobrevivido sino creado una erótica que nos aleja de los otros mamíferos? El sapiens es un ser de desbordes, dice el también antropólogo Edgar Morín, citado por Solana: un ser de hybris, de excesos, “fácilmente presto a la desmesura”. En él, “el onirismo y eros circunscrito en los animales al periodo de celo se desbordan. El orgasmo de sapiens es, en general, mucho más violento, convulsivo, profundo y espasmódico que el de cualquiera de los primates”.

La misoginia no sólo silencia nuestra capacidad de gozar, sino que nos minimiza intelectualmente.

La misoginia niega en las mujeres algo que es consubstancial al sapiens, la hybris, el desborde, su sapiencia y su demencia. La locura creativa en la mujer ha sido siempre perseguida desde antiguo. La inquisición y los doctores de la Ley castigaban a las mujeres inteligentes, a las artistas, a las curanderas porque desplegaban sus capacidades intelectivas y artísticas y expresaban su subjetividad.

La originalidad de los seres humanos, según Edgar Morín, no se mide por el desarrollo de su inteligencia solamente, es decir no se limita a su sapiencia, sino por ser capaz de imaginar “fuera del dominio cerrado del sueño, el surgimiento del mito y la negación mitológica de la muerte” (...), además de su aptitud para el delirio y la destrucción como para el genio y la creación”.

Finalmente, Amartya Sen, el economista indio, considera la misoginia como un problema de salud pública y un obstáculo en el desarrollo de las naciones
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Actualizado al 14 de noviembre del 2006
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