Debates
en torno a la orientación sexual
Violeta Barrientos
(abogada y escritora)
Hace un tiempo se relanzó la campaña
por hacer mención específica en las leyes peruanas,
del principio de no-discriminación por orientación
sexual distinta a la heterosexual. Como algunos recordarán,
la misma cuestión fue planteada anteriormente durante la
reforma constitucional y durante el debate de la ley contra todo
tipo de discriminación. El texto constitucional hasta ahora
reformado prefiere no hacer ninguna alusión específica
a las categorías por las que se puede discriminar, lo que
deja a la libre interpretación del legislador o juez. La
ley que está vigente sí es más detallada, pero
no alude a la orientación sexual. Ello se debe a que en algún
momento de su debate, se evitó la posibilidad de dicha protección
específica quedando así en el texto final.
Se justifica reclamar
una legislación específica sobre la no-discriminación
por orientación sexual? Algunos sostienen que no es necesario
pues está sobreentendido. Pero, estamos realmente seguros
de que en nuestro país no se discrimina por esta razón?
Si aquí no se discrimina, ¿por qué hace un
mes la delegación peruana ante la Comisión de derechos
humanos de la ONU se abstuvo de apoyar una resolución propuesta
por Brasil que establecía el principio de no discriminación
por orientación sexual? ¿Por qué se permitió
que el tema de la orientación sexual suscitara un escándalo
político que propició la caída de una primer
ministra hace unos meses? ¿Por qué no han sido declaradas
inconstitucionales normas contenidas en el Código de Justicia
Militar por las que se sanciona la homosexualidad pero no los actos
deshonestos heterosexuales? ¿Por qué el Código
Civil señala que si una persona tuvo alguna conducta homosexual
en el pasado y se casa, su cónyuge puede aducir la anulación
del matrimonio, así no haya infidelidad y así haya
hijos de por medio?
La conclusión es que hay un prejuicio moral detrás
del derecho por el que la condición homosexual vale per se
negativamente, y es equiparada en nuestro derecho civil a la toxicomanía,
a la enfermedad grave crónica y a la conducta deshonrosa.
Nuestro derecho no
asume la homosexualidad como una expresión más de
la sexualidad sino que más bien la criminaliza y estigmatiza,
cosa que no ocurre en otros países. Ecuador, Brasil, Argentina,
cuentan con leyes específicas contra la discriminación
por orientación sexual, mientras que en Europa y algunos
estados en los EEUU, se han aprobado incluso leyes de unión
civil entre parejas del mismo sexo.
Todo ello porque el prejuicio moral ha ido cediendo ante la evidencia
de que, primero, las conductas homosexuales no son conductas criminales
como la pedofilia o la violación sexual; segundo, que pese
al tabú que hay sobre la sexualidad, ésta se ejerce
de múltiples maneras y es variable en cada persona; tercero,
que la sexualidad está más regida por prejuicios morales
y negaciones que por certezas y afirmaciones gratificantes; cuarto,
que la imagen popular del ‘maricón’ amanerado
y la idea de que no las mujeres no tienen deseos homosexuales o
bisexuales han pasado a ser parte del recuerdo porque no son reales.
Desde la década
de los sesenta del siglo pasado, la formación de grupos políticos
con relación a la sexualidad ha ido creciendo y ya ha asegurado
algunos logros en la actualidad. Recordemos que el mayor número
de reivindicaciones sobre la sexualidad se dio a partir del surgimiento
del movimiento de mujeres en 1970. Estas fueron demandas por los
métodos anticonceptivos, por erradicar la violencia sexual
contra la mujer, legalizar a los hijos ilegítimos y a las
uniones de hecho e introducir la educación sexual en la escuela.
A partir de esos años, se gestarían mundialmente los
grupos de lucha por la diversidad sexual, es decir de las sexualidades
distintas a la heterosexual.
Las demandas en torno a la sexualidad, antes consideradas de dominio
de la moral o la religión, se hicieron políticas.
Hoy se discuten en los parlamentos o foros multinacionales, se debaten
bajo las reglas de la democracia. Quizás la orientación
sexual haya sido el tema más olvidado, más tabú,
menos comentado, y menos tomado en cuenta como ‘serio’
por la sociedad o por sus legisladores, pero lo está dejando
de ser.
En el Perú hasta
el siglo veinte, la ley civil no regulaba los matrimonios, sino
la ley universal de la iglesia católica; no existían
matrimonios civiles, sólo religiosos que se regulaban según
las normas del concilio de Trento. Las uniones de hecho o concubinato
fueron recién reconocidas por el Código civil hace
veinte años pese a que siempre existieron. Hasta hace menos
de cincuenta años, los hijos de las uniones de hecho eran
considerados ‘ilegítimos’ o ‘bastardos’,
según sus partidas de nacimiento, calificación que
degradaba y discriminaba a los que sin culpa tenían que cargar
con el pecado social de sus padres, discriminados a su vez.
Además de hacerse
político, el movimiento de demandas sobre la sexualidad se
ha internacionalizado. Desde que el sistema internacional de derechos
humanos se adoptó a partir de 1948, las corrientes de avances
en cuanto a derechos se comunican de un país a otro y esto
ahora cobra mayor fuerza con el movimiento de globalización.
Las presiones para cambios legislativos o económicos en un
país no sólo provienen de su interior sino también
del exterior como parte de una comunidad internacional.
Los movimientos sociales también se internacionalizan. Es
lo que hoy ocurre con el movimiento anti-sistémico de nueva
izquierda reunido en torno al Foro social mundial. En dicho movimiento
la misma idea de ‘política’ trata de reformularse.
En ella convergen no sólo demandas económicas, sino
también étnicas, de género y sexuales. La ciudadanía
tiene que ser ahora entendida también en un aspecto corpóreo
y psicológico, antes dejados en la oscuridad del silencio.
En países como
el Perú y la mayor parte de América Latina, el estado
ha sufrido de una debilidad que se evidencia en gobiernos inestables,
democracias efímeras o de nombre, discriminaciones soterradas
y poderes de hecho que se imponen por encima de los gobiernos elegidos:
el poder económico, el militar y el eclesiástico.
Este sustrato no facilita un debate democrático y proyecta
la sombra del autoritarismo.
La amenaza autoritaria ha puesto su marca en nuestra cultura que
se ha definido siempre como ‘cultura de tutelaje’ en
la que nos hemos acostumbrado, no a debatir ni a tolerar, sino a
dominar e imponer relaciones verticales y jerárquicas: rico/pobre,
blanco/indio, capitalino/provinciano, costeño/serrano, hombre/mujer,
religión cristiana/religión indígena, heterosexual/homosexual.
Los poderes autoritarios se han impuesto por las buenas o por las
malas, tutelando o reprimiendo.
Siendo un país
de tradición católica, en el que esta iglesia ha tenido
larga influencia desde la conquista hasta la época republicana,
es natural que la sociedad peruana haya interiorizado y hecho suyos,
tanto valores como prejuicios morales. La iglesia católica
ha suplido muchas veces a nuestro estado en sus deberes, al no ser
éste lo suficientemente fuerte como para tener presencia
en el territorio o para inculcar valores de ciudadanía (tales
como una educación no discriminatoria) en el país.
Es de esperar entonces que muchos piensen en que las normas de moral
religiosa deben asumirse como normas para un país. El problema
está en que mientras las normas religiosas son inmutables
a lo largo del tiempo y no se ponen en discusión, ya que
se consideran a ellas mismas infalibles, las leyes de un estado
que se diga democrático, sí cambian y sí se
discuten.
El sociólogo
Guillermo Nugent se pregunta, por qué la sexualidad ofrece
tantas resistencias a ser normada y se insiste en mantener vacíos
legales o normas conservadoras que en la vida cotidiana nunca se
practican. ¿Por qué es preferible mantener una doble
moral? La sensación que nos da es que el poder de la ciudadanía
o el del estado es tan poca cosa que es preferible no desafiar a
los poderes ya consagrados, por más que éstos puedan
sostener absurdos(1).
De lo que se trata
es que la democracia pueda convivir con la economía, la religión
y los ejércitos, supeditándose estas tres cosas a
una lógica democrática al estar al interior de un
estado democrático. El terreno de la sexualidad en particular,
ha sido descuidado y dejado a ciegas en la falta de información
como aquel cuerpo cerrado que en una época, el catolicismo
se negó a abrir por considerarlo sacrílego, razón
por la que la medicina no pudo hacer avance alguno(2).
Para su estudio tienen que ser considerados tanto su aspecto social,
biológico como psicológico.
El tabú de lo religioso, defendido por laicos y clero, se
resiste a introducir debates en el momento de decidir políticas
públicas o leyes sobre lo sexual. Peligrosamente lo religioso
se cruza en la ruta de lo político. Peligrosamente, pues
sus lógicas son totalmente distintas: para lo católico
no hay nada que discutir porque las verdades del dogma se imponen
sin lugar a dudas, lo cual contradice a la razón democrática.
La democracia es puesta a prueba ante este reto, pues le es muy
difícil -dada su precariedad- entrar a normar por encima
de los poderes de hecho que ya hemos señalado.
En opinión del
juez brasileño R. Raupp, se han esgrimido al menos tres grupos
de objeciones al legislar sobre la orientación sexual:
Se dice que la mayor parte de la sociedad rechaza identidades y
prácticas sexuales distintas a la heterosexual y que por
lo tanto, legislar a favor sería ir contra la voluntad de
la mayoría en la sociedad. Considerando que la sexualidad
es un bien cautelado por los derechos humanos, este argumento no
funciona, pues así hubiera una minoría que proteger,
tendría que serlo y tendría que legislarse positivamente
sobre ella.
Otro argumento es el moralista. Se dice que un derecho en favor
a una orientación sexual distinta a la heterosexual es contrario
a la moral. Aquí el derecho no puede ceder ante una moral
mayoritaria ni “iluminada”. La democracia reclama el
valor de la tolerancia y debe velar porque la convivencia en sociedad
sea posible. El hecho que existan personas religiosas en una sociedad
no elimina por ejemplo, el derecho a la libertad de conciencia y
de culto como valor republicano.
Y finalmente el argumento biomédico, hace que las sexualidades
diversas se estigmaticen y se consideren ‘desviaciones’.
Ya sobre la homosexualidad, la comunidad psiquiátrica se
ha pronunciado en el sentido de no considerarla una enfermedad.
Otro elemento que relativiza la opinión médica es
que ésta no siempre ha sido autónoma y se ha dejado
llevar por prejuicios morales a la base. Recordemos que las conductas
sexuales entre personas del mismo sexo existieron siempre y que
la categoría de ‘homosexual’ recién fue
inventada en el siglo diecinueve para marginalizar y psiquiatrizar
estas prácticas.
Lo cierto es que los
debates políticos y jurídicos no hacen sino visibilizar
y poner en el escenario público cuestiones que son un debate
al interior de la sociedad. Y en estos momentos, la discusión
del tema de la sexualidad en general y el de la orientación
sexual en particular, ya se está llevando a cabo en otros
foros ciudadanos, como la universidad, los gobiernos locales y regionales,
o al interior de los movimientos antisistémicos.
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(1) En Chile por ejemplo, el poder de la iglesia católica
en alianza con grupos conservadores de la política, hizo
que hasta este año, 2004, el divorcio no fuera posible.
(2)Hacia el siglo XVI, el estudio científico se encontraba
paralizado pues no era legítimo explorar el Universo, considerado
perfecto por ser obra de Dios. Galileo Galilei fue casi llevado
a la hoguera por contradecir al Papa diciendo que la Tierra giraba
en torno al Sol y no al revés, como la religión lo
afirmaba. Finalmente, la ciencia pese a los obstáculos y
a la carne quemada, se abrió paso y no por ello disminuyó
la fe. El desarrollo científico y la religión pudieron
convivir en paz más adelante.
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