Panorama
del pensamiento de género en el Perú (1990-2002)
Erica Gherzi
(escritora)
Me gustaría insistir en la diferencia que
existe entre escribir siendo respaldado por una tradición
aceptada por el canon literario y escribir sabiendo que los textos
están construyendo una nueva tradición. De allí
que las escritoras, en más de un caso, deban enfrentarse
con dos diferentes discursividades: la política-ética
y la estética; conflicto que—en algún momento—enfrentaron
algunas poetas de los noventa . Pero hay que pensar, además,
que la cuestión se extiende a la propia crítica literaria
feminista peruana (CLFP), y es que mientras una parte de ella discute
sobre la escritura desde la escritura misma y busca distanciarse
de los temas referidos a las relaciones de poder, el discurso patriarcal
y los criterios de selección que emplea el canon (Susana
Reisz , por ejemplo); la otra parte señala cómo es
que estos criterios de selección de la crítica convencional
o tradicional se convierten en el gran obstáculo . Desde
luego, no es fácil llegar a un consenso, y a pesar de que
ha transcurrido más de una década desde que empezó
la discusión , esta no se ha llegado a resolverse a favor
de nadie, ni tampoco ha alcanzado un punto intermedio.
Un texto crítico que podría considerarse dentro de
la segunda vertiente de la crítica es “Sobre dos maneras
de encorsetar la poesía peruana” (1992), escrito por
Ana María Gazzolo. En este texto se pone especial énfasis
al tema de los procedimientos de selección excluyentes y
se afirma que la crítica tiene el mal hábito de “etiquetar
por ‘generaciones’ y grupos poéticos”,
voluntad con la que funda un panorama llano y elimina la diversidad
de temas y discursos imperantes (107). Gazzolo anota que la crítica
convencional considera a la poesía escrita por mujeres como
apéndice a la poesía masculina, esto a partir de la
idea de que existe un “yo femenino” (relativo a la autora)
que condiciona su expresividad, y su comprensión del mundo.
De allí su interés por problematizar con el canon,
y es que, para esta teórica, en materia de poesía,
debería hablarse solo de un “yo poético”,
más allá de la sexualidad del productor (109).
Siguiendo con sus observaciones, Gazzolo señala que la crítica
convencional inicia sus estudios de “poesía femenina”
tomando como base ciertas categorías. Así, por ejemplo,
en los poemas de María Emilia Cornejo, esta crítica
convencional reconoce, sobre todo, el imperio de una “sexualidad
femenina”, en vez de estudiar los textos como literatura.
Ella considera que la poesía actual, escrita por mujeres,
tiene la suficiente madurez como para ser incluida en el conjunto
de la literatura peruana y propone que sea estudiada en el contexto
en el cual cada poeta produce, “considerando los factores
personales, sociales y literarios que intervienen en ella”
(110), es decir, como producción de un individuo que pertenece
a ciertas circunstancias y que además es mujer; y no como
expresión de las mujeres en general (prejuicio que implica
además un retroceso y empantana a la crítica en la
ecuación poesía de mujer = poesía erótica).
A diferencia de Gazzolo, Susana Reisz opina que primero está
la necesidad de que la poeta—como señala Bourdieu—acepte
escribir como “mujer” y “desde otro lugar”,
un lugar que no sea la tradición escritural dominada por
el hombre. Esta premisa supondría entonces trabajar sin pensar
en la tradición oficial, es decir, crear un espacio alterno
que con el tiempo adquiera peso intelectual como para proponerse
como otro espacio más para compartir. Particularmente pienso
que el término “retrato de familia” (43), acuñado
por Reisz, es ya un inicio de esta propuesta. Se trata de reunir
textos, escritos por mujeres, donde se utilizan referentes extraliterarios
ya sea para establecer un diálogo con el texto tomado en
calidad de préstamo, para rechazar su discurso o para recrear
una nueva manera de leer el texto prestado desde un espacio propio:
el poema.
A pesar de los diferentes acercamientos al tema de la escritura
de mujer, tanto Gazzolo como Reisz comparten las mismas preocupaciones
como también releen la historia escritural de la mujer peruana
de la misma manera. Sin embargo, Gazzolo es mucho más enfatica
que Reisz cuando se trata de discutir los criterios de selección
que la crítica convencional toma en cuenta. Gazzolo señala
que el momento en el que más se observa el criterio de selección
por género es en la década de los ochenta con el “boom”
de la poesía escrita por mujeres. Misma que es etiquetada
por la crítica convencional como “poesía erótica”
y “poesía femenina”.
Con la misma intención que Gazzolo, otra teórica,
Silvia Bermúdez , cuestiona—en su artículo publicado
en 1997—el criterio de selección empleado por la crítica
convencional a partir de su estudio de la antología poética
La escritura, un acto de amor (1989) de Roland Forgues y Marco Martos.
Bermúdez hace hincapié en el ademán paternalista
de estos dos críticos, quienes buscan:
[D]eterminar negativamente el espacio de la escritura femenina.
Al situar esta producción dentro de la geografía de
lo emotivo-sensorial -de lo corporal fuera de lo intelectual y por
lo tanto de lo racional, el título implícitamente
valida el sistema de orfanamiento de la realidad de la cultura occidental
donde lo femenino, lo corporal y lo inconsciente han sido constantemente
reprimidos y excluidos en aras de los valores universales de objetividad
y racionalidad asociados con lo masculino. (303)
Es decir, hacia finales
de los noventa se hace evidente que el debate de la crítica
en torno a la poesía escrita por mujeres se centra en dos
grandes preocupaciones. La primera, relacionada con el criterio
de selección de la crítica convencional desde dos
posiciones; por un lado, encasillándola; y por otro, invisibilizándola
(si observamos las antologías publicadas antes de los ochenta).
La segunda preocupación tiene que ver, en cambio, con el
deseo de escribir “desde otro lugar” , un lugar propio
desde donde la mujer puede crear—a la hora de escribir o editar—sin
tomar en cuenta las sugerencias de la crítica convencional.
En su ensayo “Poetas peruanas: ¿Es lacerante la ironía?”
(2002), Ollé dialoga con Gazzolo, Bermúdez y Reisz:
y, como ellas, cuestiona los criterios de selección de la
crítica convencional (a propósito del “boom"
de poesía de mujeres durante los ochenta) y propone otros
que no son los que el discurso oficial ha tomado en cuenta. Ella,
por su parte, niega que estas trabajan únicamente el tema
del cuerpo, ese tema—según Ollé—es un
pretexto para hablar sobre las formas del deseo, la ironía,
el humor negro, la perversidad y el escepticismo. En su ensayo,
la poeta revela que el “sujeto femenino”, que prevalece
en los textos de la poesía de los ochenta, es una suerte
de “mujer-masoch”, de “mujer-sadiana”, que
presa de su pasión “construye un cerco alrededor de
la pareja, cerco que uno de los amantes amenaza con saltar, sometiendo
a la contraparte al tormento de la eterna huida” (24).
A mi parecer, la propuesta de Ollé, misma describe el proceso
por el cual el sujeto femenino se aferra del otro (del sujeto amado)
y como efecto de su hacer descubre en ella un ser diferente, cuestiona
los criterios de selección que la crítica convencional
ha estado utilizando para las poetas de la promoción de los
ochenta, porque revela otras maneras de atender los textos líricos
escritos por estas poetas.
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