Sagan, el pequeño mounstruo inmoral

Patricia De Souza

Al pequeño mounstruo desaparecido que todo el mundo celebra, sin disidencias ni mezquindad política, tanto la derecha como la izquierda, se le puede convertir en el símbolo de una generación, de una forma de mujer libre, de una cierta particularidad francesa. Pero una mujer que aprieta el acelerador de su auto deportivo como un tigre que ruge bajos sus pies desnudos, que dice lo que piensa cuando lo desea, que vive cómo quiere y dónde se le antoja, me gusta más, gusta a todos, sobre todo si sabemos que esa mujer es Francoise Sagan, la escritora fenómeno que publicó a los diesienueve años Buenos días Tristeza, uno de los primeros best sellers después de la Segunda Guerra Mundial. Junto con el Radiguet del Diablo en el cuerpo, muerto a los diesiocho años, Sagan ha sido una de las primeras mujeres en disfrutar de una celebridad precoz, una vida intensa y rápida como los autos que le gustaba manejar. Difícil no sentir simpatía por esta especie de Humprey Bogart femenino, de cigarrilo colgante en su boca delgadísima, bebedora de whiskys y de Martinis, medio tímida y dueña del rostro retratado cientos de veces... Y de esta introducción remarcable:

Sobre ese sentimiento desconocido cuyo aburrimiento y dulzura me obsesionan, dudo si poner el nombre, el bello y grave nombre de tristeza .

Su rostro melancólico y fuera de lugar, como una especie de animal salvaje que va a dar un salto y morder, su manera de mascar las frases, de subestimarse como una escritora, pudiendo hacer mejor, de decir y pensar lo que los otros también pensaban, pero que nunca se han atrevido a decir y menos a escribir, sus intervenciones a favor del aborto, su amistad con Mitterrand, su devoción por Sartre, su pasión por el juego y su desdén por el dinero, su vida como una novela intensa, mezcla de gin fizz, ritmos de jazz, Martinis, Saint Tropez y Hollywood, entre cuento de hadas y tragedia griega, entre Drieu La Rochelle y Chandler, entre la frivolidad y la desesperación, ella, Françoise Sagan, escapó a su manera de todo esfuerzo por fosilizarla. Ni escritora comprometida ni cínica, su cinismo lo utilizaba contra sí misma y contra los más fuertes para hacerles sentir esa vulnerabilidad que todos poseemos y que ella describe en su novela Heridas en el alma: “No es la literatura, ni una verdadera confesión, es alguien que escribe a máquina porque tiene miedo de sí misma y de la máquina y de las mañanas y de las noches”.

Esa máquina infernal que la obligaba a escribir y escribir para no pensar en lo que se sabe siempre y se olvida, la futilidad del tiempo y el miedo frente a lo que es irremediable, desaparecer un día para siempre. Esa certeza que la lleva a presionar el acelerador y a caer en el abismo estrepitoso de la velocidad fue tal vez porque a lo mejor comprendió muy rápido que esa fama, esa vida dorada con la que todos sueñan un día, no esconde más que soledad, sólo eso, y unas ganas contenidas de vivir completamente, camuflada detrás esa mirada vertical de niña indefensa en un país donde se estima vivir de una manera puritana, escoltada en coches y amigos mundanos, para no temer mostrarse, ni al exceso, ni al ridículo, para que se le viera mucho, casi demasiado.

Sagan, el mito está inventado, una mujer de rostro austero y generoso al volante de su Ferrari, casas, lujo, liberación sexual y revolución de costumbres, ella representa perfectamente a cierto mundo parisino elegante y frívolo, ligero y al mismo tiempo desesperado, entre The Dreamers y El último tango en París, dos películas de Bertolucci que ella sí, bailó a su manera, sola, siempre sola, cara a cara con la muerte, primero en su accidente de auto del que se salva por milagro en 1957, luego en estado de coma, en pleno viaje con Mitterrand a Bogotá, o cuando piensa en un posible cáncer al páncreas para terminar arruinada y casi en el olvido. De ser mujer adulada a la autora que casi nadie lee, de 500,000 ejemplares a 500 en sus últimas novelas, de ser bautizada como la encantadora pequeño mounstruo, por Mauriac, a recibir críticas incesantes a su vida disipada y frívola que no tenía ningunas ganas de justificar pero que nadie quizo comparar con Hemingway o Fitzgerald, sino con ella misma, y que, además poco le importaba, como se lo dijo a Bernard Pivot en uno de sus últimas entrevistas, le parecía mal educado no ser un poco frívola. Quizo decir hipócrita porque ser la Madame Martini de la literatura no le importaba en tanto que alguien fuese capaz de repetir una frase de un libro suyo, o decirle que había adorado una vez más su pasión por el riesgo que, a diferencia de sus amigos del Nouveau Roman, jugando a tirar balas de salvia, ella sí exploraba a través de personajes verdaderos y de carne y hueso, ¡diablos!.. Además, ¡cierto!, nunca le interesó el drama del lenguaje ni ser una estilista torturada, pese a us respeto por Duras y Robbe-Grillet. De lo que Sagan, la escritora, podría estar tranquila, es de que muchas de sus frases y de su música personal, más allá del mito, se quedarán con nosotros, porque morir no es nada en sí mismo, no es más que esa muela del juicio, como describió con ironía, pero de la que desconfiaba. Esa misma mujer desconfiada escribirá un día su propia necrología: Sagan Francoise. Hizo su aparición en 1954, con una pequeña novela, Bonjour Tristesse, que fue un escándalo mundial. Su desaparación, después de una vida y una obra igualmente agradables e improvisadas, fue un escándalo sólo para ella.














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Actualizado al 30 de noviembre de 2008
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