Ser o no ser no es un dilema, es un derecho
(A propósito de la campaña Alianza por el Derecho
Ciudadano)
Carmen
Ollé
Entre los males de
la época, el premio Nóbel portugués José
Saramago señala la apatía, el consumismo y la despersonalización
o la pérdida de la identidad. Ya en las primeras décadas
del siglo XX Ortega y Gasset se refería a la deshumanización
del arte pues lo veía alejarse de la realidad humana.
El arte y la literatura
han tratado siempre el problema de la identidad desde un punto de
vista filosófico: Por ejemplo, hacia los años cincuenta,
la filosofía existencialista inspiró la trama de algunas
novelas que recogían las preguntas típicas de nuestro
destino incierto como seres humanos: ¿Quién soy?¿
Soy el que habla realmente?
Benjamín García
recuerda que dicho insight fue llamado “la angustia de Abraham”
por el filósofo danés Sören Kierkegaard, a propósito
de un pasaje bíblico:
“Un ángel
ha ordenado a Abraham sacrificar a su hijo; todo anda bien si es
verdaderamente un ángel el que ha venido y le ha dicho: tú
eres Abraham, sacrificarás a tu hijo. Pero cada cual puede
preguntarse: ante todo ¿es en verdad un ángel, y soy
yo en verdad Abraham? ¿Quién me lo prueba?
En “No soy Stiller” (1954), obra que lanzó a
la fama internacional al dramaturgo suizo Max Frisch (1911-1991),
el autor “profundizó en el problema de la identidad
del ser humano moderno; reflexionó -a decir de García-
sobre la necesidad humana de proveerse de una identidad personal
y social, y de buscar el verdadero ser.”
Para tener acceso a
dicha angustia en el plano filosófico y existencial hay que
existir primero como ciudadano, sólo en ese momento se tiene
la prerrogativa de preguntarse a los cuatro vientos quiénes
somos.
En el Perú contar
con los documentos de identidad, los famosos “papeles”,
es en verdad el inicio de una vida nueva, aunque bastante complicada
por cierto para la ciudadana y el ciudadano peruano que asoma a
cualquier frontera. Para nadie es un secreto que muchas veces somos
impedidos de ingresar a la comunidad europea sólo por ser
peruanos, sinónimo de adjetivos impredecibles. Los peores:
ser pobres y físicamente diferentes.
En Estados Unidos es fácil que intenten acusarnos de ser
terroristas por la paranoia reinante. Sin ir muy lejos, en Chile
y Argentina, somos mal vistos y confundidos con traficantes de drogas
y en Bolivia apaleados por indeseables. Es decir nuestra identidad
peruana nos convierte en sospechosos.
La identidad es algo
más, entonces, que un DNI o un pasaporte caro, es la carta
de presentación de un país donde se nos valora como
persona y en el que podemos ejercer nuestros derechos libremente,
pero sobre todo es el espejo de nuestra autoestima, tan mellada
últimamente.
Definitivamente, en una sociedad dividida como la peruana en excluidos
e incluidos, los papeles de identidad se pesan en balanzas trucadas,
hay DNI más cotizados que otros por los apellidos o las cuentas
bancarias. Sin embargo, para los sin nombre una simple tarjeta que
registra sus datos personales es el primer paso para empezar a disputarse
un lugar en el mundo, no por complicado menos importante.
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