Sobre
una sociedad abortiva
Rosa Dominga
Trapasso*
Siempre que he hablado sobre los derechos reproductivos,
la salud reproductiva y los derechos sexuales me ha parecido importante
ubicarnos históricamente dentro de esta dramática
revolución de nuevos conocimientos sobre la reproducción
humana que ha permitido a la mujer controlar su fertilidad. Estamos
hablando de un periodo de tiempo que cubre menos de 50 años
y que ha introducido la posibilidad de que la mujer pueda decidir
sobre la procreación, si quiere o no tener hijos y cuándo
y cuántos hijos desea tener. Estas decisiones son tan vitales,
tan fundamentales a nuestro concepto de autonomía y dignidad
personal que tendemos a olvidar que somos la primera o segunda generación
de personas tan favorecidas y que nuestras madres, abuelas y tías
no gozaban de estas posibilidades.
Debemos tomar conciencia también que es durante el curso
de los últimos 15 o 20 años, que esta posibilidad
de decidir sobre su fertilidad y controlar su cuerpo ha sido reconocida
no solamente como una expresión de la autonomía personal
de la mujer, sino como un derecho humano, intrínsecamente
vinculado con los derechos sociales y políticos de mujeres
y hombres. Me refiero específicamente al concepto de los
Derechos Reproductivos, introducido alrededor del año 1980
para combatir las políticas demográficas coercitivas
de países imperialistas, y luego aceptado universalmente
en la Conferencia sobre Población en el Cairo en 1994.
Pero hablar de nuestros derechos reproductivos es hablar también
de las condiciones sociales que permiten a la mujer ejercer estos
derechos. La discriminación basada en género, la pobreza
y el sexismo, los credos y dogmas patriarcales, y la marginación
laboral y educativa de la mujer, invalidan las posibilidades de
optar libremente y de tener control sobre su vida y su cuerpo. Luchar
en favor de la integridad corporal de la mujer y su autonomía
significa denunciar las condiciones sociales, culturales y económicas
que obstaculizan el ejercicio de su sexualidad, de una maternidad
libre y de su desarrollo pleno.
Es una falacia hablar de los derechos reproductivos, sociales, económicos
y políticos de las mujeres de los sectores populares y del
campo si no existen condiciones de vida adecuadas para su desarrollo
humano. Por estas mismas razones tenemos que decir que es una falacia
hablar del aborto fuera del contexto social, económico y
cultural de miles de mujeres y adolescentes en nuestro país.
El Perú es uno de los países de la región con
mayor número de abortos provocados, ocupa el segundo lugar
entre los países de América del Sur con el más
alto índice de mortalidad materna y 60% de todos los embarazos
de mujeres peruanas son indeseados y terminan en un nacimiento no
deseado o en un aborto inducido. Ninguna discusión o polémica
sobre el aborto es válida si no está ubicada dentro
de esta dramática realidad de millones de mujeres peruanas
y la precariedad de la vigencia de todos sus derechos y especialmente
los derechos reproductivos.
Ivone Gebara, teóloga brasileña, afirma que no es
cuestión de condenar al aborto o condenar a la mujer que
recurre al aborto: más bien debemos condenar a la sociedad
que no provee las condiciones humanas de vida para mujeres y adolescentes.
Ivone Gebara califica a toda sociedad que no ofrece condiciones
de vida adecuadas como una sociedad abortiva
"Una sociedad que no tiene condiciones objetivas para dar
empleo, salud, vivienda y escuelas, es una sociedad abortiva. Una
sociedad que silencia la responsabilidad de los varones y sólo
culpabiliza a las mujeres, que no respeta sus cuerpos y su historia,
es una sociedad excluyente, sexista y abortiva"
Negar a la mujer las condiciones que la permitan ejercer sus
derechos reproductivos es reforzar el sistema de violencia e injusticia
que ha marcado nuestras vidas y nuestra historia como nación.
*Trabajadora social (Círculo cristiano de
feministas Thalita Cumi)
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